Es importante saber los errores que no debemos cometer en nuestras relaciones, pero si queremos dar un paso adelante, que nos permita controlar y dirigir nuestra vida, tenemos que actuar de forma «proactiva»; es decir, tenemos que adelantarnos a los acontecimientos, para influir en los mismos, y no dejar que la suerte o las circunstancias sean las que determinen el éxito o el fracaso.
El éxito en las relaciones afectivas dependerá, en gran medida, de nuestra actuación. Algunas personas se extrañarán ante esta afirmación, pues pensarán, con toda lógica, que una relación afectiva al menos es cosa de dos. No obstante este principio, con el que plenamente coincidimos, no es menos cierto el hecho de que cada uno controla lo que hace, 7 puede influir en algunas de las conductas del otro, repetidos, en algunas, no en todas. En consecuencia, mediremos el éxito en función de nuestro comportamiento y de la incidencia que hemos tenido en aquellas áreas sobre las que pódelos influir; de ahí deduciremos que si nuestro «trabajo» lo hacernos bien, habremos alcanzado el máximo que podemos obtener en nuestra área de influencia. Por ejemplo: si nuestra pareja bebe demasiado, y a pesar de nuestra ayuda no deja de beber, el fracaso no será nuestro, nosotros podemos ayudarle/a, pero no podemos dejar de beber por él/ella. En estos casos, en que hay conductas que perturban, condicionan y hacen imposible una buena relación de pareja, el éxito será romper con esa relación, que sólo provoca un dolor tan intenso como innecesario. En definitiva:
El éxito consistirá en actuar de la forma adecuada en cada momento. La ruptura o la terminación de una relación frustrante o imposible significará un éxito en la conquista de la independencia, la estabilidad y el equilibrio emocional de la persona que sufre esa relación condenada al fracaso.
Sin duda aprendemos mucho cuando nos equivocamos, pero no se trata de ser masoquistas, hay sufrimientos que podríamos haber evitado si hubiéramos sabido una serie de pautas, de reglas de oro, que nos mostrarán algunos principios irrenunciables, que conviene seguir y mantener en las relaciones afectivas.
¡No renunciemos a ser nosotros mismos! No perdamos nuestra identidad, nuestra autonomía e independencia
Cuando preguntamos a las personas que se encuentran en esa fase tan difícil de la ruptura o del desengaño, de qué
se arrepienten más, qué es lo que no volverían a hacer nunca, con mucha frecuencia nos dicen que lo peor que hicieron fue quedarse solos/as, abandonar a sus amistades, dejar de tener vida propia y hacer que todo girase en torno a esa relación que finalmente les ha fallado y les ha conducido a una soledad dolorosa.
Este fallo es más común en las mujeres. Su entrega es diferente, tienden a volcarse tanto, a vivirlo con tal intensidad, que apenas se plantean que se están quedando solas y que están abandonando al resto de las personas de su entorno.
Los hombres generalmente siguen saliendo con sus amigos; ellos separan ambas relaciones, no abandonan una en función de la otra, y aunque a muchas mujeres les parezca una actitud egoísta, la realidad es que es mucho más sano conservar el círculo de amistades y de personas cercanas que encerrarse y limitarse sólo a la pareja o a las amistades del otro.
Aislarse produce necesariamente empobrecimiento, genera inseguridad y nos resta autonomía, independencia y equilibrio emocional.
Las relaciones afectivas serán más sanas y saludables en la medida en que sigan potenciando las relaciones de amistad, de compañerismo, de inquietudes intelectuales... Los dos miembros de la pareja conservarán sus hobbies, compartirán parte de su ocio y su tiempo libre, pero recordarán que sólo el crecimiento continuo potencia las relaciones gratificantes y duraderas.