Nora y Pablo eran una pareja de mediana edad. Tenían dos hijos de catorce y once años, y hacia el exterior ofrecían la imagen de la típica pareja feliz.
Sus temperamentos eran muy diferentes; podría decirse que no coincidían prácticamente en nada; salvo que a los dos les gustaba vivir bien y cuidaban en extremo las apariencias.
Nora se había casado muy enamorada, pero hacía muchos años que el desencanto y la frustración se habían apoderado de su relación de pareja.
A pesar de que tenía pocas esperanzas en que Pablo «cambiase», vino a la consulta para ver qué podía hacer: ¿había alguna solución o debía pensar en separarse?, aunque este último extremo la aterraba.
Nora era una persona muy romántica, tierna, afectiva, soñadora, bastante ingenua y muy sensible. Poseía además un indudable atractivo físico, que causaba impacto entre el público masculino.
Por el contrario, Pablo era muy calculador, frío, distante, arrogante, narcisista, obsesionado por el triunfo y el éxito social y profesional. Sin embargo, en la etapa de «conquista», Pablo se había mostrado dulce, afectivo, sensible y muy halagador con Nora. Todo eran regalos, sorpresas, detalles, ir a sitios lujosos, mostrar a Nora a sus amistades y a su familia y decirle continuamente lo mucho que la quería.
Al poco de casarse las cosas empezaron a cambiar. Pablo dejó de cuidar los detalles, las manifestaciones afectivas eran mínimas y sacó lo peor de su carácter. Era una persona en permanente tensión, y para él la forma de quitarse el estrés era abroncando a la gente que tenía al lado y manteniendo relaciones sexuales; pero eran unas relaciones exentas de ternura, el sexo para él era otra forma de manifestar su poder y su dominio sobre las personas; no importaba lo que sintiera Nora, el objetivo era su propio placer y descargarse de las tensiones que había acumulado a lo largo del día.
Las relaciones sexuales se convirtieron en una humillación para Nora; algunas veces conseguía sentirse bien, pero eran las mínimas.
La convivencia cada vez era más tensa y difícil. Nora necesitaba afecto y ternura, pero lo único que recibía de Pablo eran órdenes, comentarios de desvalorización —sobre todo sobre su inteligencia— y algún que otro insulto.
El Pablo maravilloso, triunfador y afectivo, que tanto había admirado, se había convertido en una persona déspota y distante, al que no parecían importarle sus sentimientos.
Por su parte, Pablo no quería ni oír hablar de venir a la consulta, para él eran estupideces de Nora, que sólo sabía buscarse problemas para entretenerse. Para situarnos, conviene que sepamos que Nora, además del cuidado de los
niños —que realizaba de forma exclusiva, pues Pablo siempre había considerado que la educación de los hijos era un tema de mujeres—, tenía un trabajo que la ocupaba muchas horas, por lo que no conseguía llegar a casa hasta pasadas las siete y media de la tarde.
El resultado final era una pareja sin comunicación, con unos hijos que apenas veían a su padre y con una persona que sufría prácticamente una vejación continua.
En los únicos momentos en que Pablo parecía volver a ser esa persona exquisita, sensible, pendiente de su mujer..., que tanta admiración había despertado en Nora, era en las reuniones y actos sociales. Ahí surgía un Pablo irreconocible, tierno, detallista, que no paraba de «presumir» de su mujer ante el auditorio. Pero todo era como un espejismo, apenas habían salido del restaurante, del teatro..., cuando ya empezaba de nuevo con sus reproches y desvalorizaciones. Todo lo que había hecho Nora era objeto de crítica y de sarcasmo.
Nora tenía una buena relación con sus hijos, pero éstos le preguntaban en numerosas ocasiones qué le pasaba, por qué siempre estaba triste, por qué ya no se reía como antes y por qué se encontraba tan cansada.
Como podemos imaginar, la Nora que nos encontramos distaba mucho de ser una persona feliz. A pesar del éxito profesional que tenía en su ámbito laboral, y de lo bien que caía a la mayoría de la gente, su autoestima estaba por los suelos, y una inseguridad terrible le impedía tomar cualquier decisión concerniente a su matrimonio.
Lo primero que hicimos con ella fue trabajar su autoestima y su seguridad personal; intentar que consiguiera ser de nuevo esa persona alegre y llena de vida que recordaban sus hijos.
En estas circunstancias, no importaba demasiado que Pablo no quisiera venir a la consulta, pues había que realizar un trabajo previo muy intenso con Nora.

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