amor

El caso de Marta y Rodolfo

Marta y Rodolfo eran una pareja muy joven, de apenas veinticuatro y veintiséis años, que llevaban año y medio saliendo juntos. Ambos vivían con sus respectivas familias. Para los dos era la relación más importante que habían tenido hasta el momento, y la que más había durado. Cuando Marta realizo su consulta, estaba hecha un lío. No sabía si dejar definitivamente a Rodolfo, o si liarse la manta a la cabeza e intentar irse a vivir juntos, aunque económicamente esta opción era muy difícil.
Por su parte, Rodolfo parecía cada vez más distante y con pocas ganas de plantearse una convivencia en común. Rodolfo no accedió a ir a la consulta hasta la tercera sesión, decía que todo esto de los psicólogos le parecía «muy fuerte» y que en realidad tenían que ser ellos quienes fueran capaces de decidir si merecía la pena continuar con la relación.
El análisis que efectuamos nos mostró que la pareja estaba a punto de romperse; ninguno de los dos se sentía satisfecho con lo que estaba «recibiendo por parte del otro», y seguramente si no hubiera sido porque a Marta le costaba asumir este fracaso, habrían terminado hacía meses.
La crisis se había fraguado poco a poco, por culpa de unas expectativas poco razonables y una actitud bastante inmadura por parte de ambos.
Marta y Rodolfo se limitaban a exponer sus quejas, descargando cualquier responsabilidad, y esperando que fuese el otro quien reaccionase y consiguiera cambiar la relación que tenían.
Marta pensaba que Rodolfo actuaba de una forma bastante infantil, que se enfadaba por cosas sin importancia y que sin embargo no sabía estar a la altura de las circunstancias: parecía ausente cuando ella hablaba, no mostraba la sensibilidad, ni la ternura, ni la paciencia que ella le pedía ante sus problemas; eran pocas las veces en que se manifestaba afectivo o le decía cosas tiernas, y no la entendía cuando ella lo pasaba mal con la regla —pues los dos primeros días eran bastante dolorosos—; para colmo se enfadaba mucho porque, según Rodolfo, tenían pocas relaciones sexuales, y además pretendía que Marta siguiera tomando la píldora, pues a él no le gustaba el preservativo.
Rodolfo, por su parte, decía que Marta no paraba de sermonearle, criticaba todo lo que él hacía, no le valoraba profesionalmente, se quejaba de que quería salir mucho con sus amigos y cuando se enfadaba le «castigaba» sin relaciones sexuales.
El trabajo terapéutico se centró en mostrarles la otra cara de las relaciones de pareja. Ambos tenían una visión poco realista de lo que podían esperar por parte del otro. Se consideraban con todos los derechos y sin ninguna obligación. En lugar de buscar puntos de encuentro, habían alimentado una relación hostil, donde las situaciones críticas se sucedían cada vez con más frecuencia. El diagnóstico fue claro: esta relación no funciona, pero al margen de vuestras diferencias y discrepancias, será muy difícil que otras relaciones os funcionen bien, pues ambos mostráis mucha inmadurez y mantenéis una actitud propia de adolescentes.
Ambos se quedaron muy sorprendidos, y seguramente se sintieron defraudados por el diagnóstico, al menos en los primeros momentos. Tras una reflexión en común, acordamos que íbamos a trabajar individualmente con cada uno de ellos las principales habilidades para comunicarnos y relacionamos de manera eficaz.
Mientras trabajábamos estas áreas, establecimos una tregua. Durante tres o cuatro meses no se verían, prácticamente no se llamarían ni tendrían contacto, para comprobar qué sentimientos afloraban en cada uno de ellos. Posteriormente decidirían si merecía o no la pena que lo volvieran a intentar.
La realidad es que ambos se volcaron en el entrenamiento, seguramente más con el convencimiento de que podía resultarles útil para su vida en general, que para la relación que mantenían. Hicieron todas las prácticas que acordamos, y empezaron a saborear los primeros éxitos en su ámbito más cercano: con su familia, en el trabajo y con los amigos. Pasados tres meses habían experimentado un avance muy significativo, tanto como para decidir, conjuntamente, que aún debían seguir practicando y madurando más antes de meterse de lleno en una relación de pareja. Quedaron como dos buenos amigos que se aprecian y se respetan.
Hoy los dos están muy contentos con sus respectivas relaciones, aprendieron mucho y, sin duda, como ellos dicen, día a día ven los logros de ese aprendizaje. No debemos pensar que ya no volverán a tener crisis en sus relaciones, pero sí podemos esperar que sepan reaccionar con más objetividad, con más habilidad y con más madurez.
Cuando las parejas sienten que no reciben lo que esperaban, convendrá empezar por analizar si la lista de sus expectativas es realista; posteriormente podrán ver lo que cada uno tiene que trabajar, y finalmente decidirán si vuelven a intentarlo, o si ven claro que no hay futuro para esa relación de pareja.