
El caso de Marisa y Eduardo
Marisa tenía treinta y cinco años y Eduardo treinta y nueve cuando vinieron a la consulta. Como casi siempre, la persona que había puesto más empeño en solicitar la ayuda de un psicólogo había sido la mujer.
Tenían una hija de seis años y un niño de dos. A Eduardo no le gustaban especialmente los niños, y se había sentido bastante perdido cuando éstos eran bebés, pues no sabía qué hacer con ellos, pero a su manera quería mucho a sus hijos y trataba de intervenir al máximo en su educación.
Marisa pensaba que Eduardo no sabía comunicarse y que con los niños cometía la misma equivocación que con ella: no les escuchaba, no acertaba a ver qué necesitaban, no sabía observarles, «no tenía un mínimo de sensibilidad» para entenderles.
Había llegado un momento en que Marisa, que confesaba que llevaba años sintiéndose incomprendida y sin comunicación con su pareja, no estaba dispuesta a seguir así: «Yo lo puedo pasar mal, y es mi problema, pero no voy a consentir que Eduardo machaque a los niños».
Con estos antecedentes, nos preparamos para afrontar un caso complicado. Llevaban ocho años juntos y, según Eduardo, durante este periodo de tiempo, no había pasado un solo día en que Marisa no le hubiese hecho responsable de las dificultades de comunicación que había entre ellos.
Eduardo estaba harto del tema; no entendía esa queja permanente de su pareja, «pero si todo va normal —decía—, si en realidad no tenemos grandes problemas, lo que ocurre es que todos los días, a todas horas, te viene con la misma cantinela, y ¡claro!, llega un momento en que yo me harto de tanta estupidez y tanta bronca por su parte...», «lo que tiene que hacer es dejarse de tonterías, apoyarme con los niños, no quitarme la razón e intentar disfrutar y no complicarse la vida».
Ni que decir tiene que para Marisa los argumentos de Eduardo eran como proyectiles lanzados por el enemigo: «¡Cómo puede ser una persona tan insensible!, ¡pero es que no se da cuenta de que así no hay quien viva!, ¡que yo no puedo ser feliz con una persona que no te entiende, no te escucha, que cuando se dirige a ti es para decirte que no digas tonterías!..., y para colmo trata a los niños como si fueran personas mayo res, les habla como si tuvieran cuarenta años y todo lo arregla castigándolos, ¡hay que tener valor para decir que no me complique la vida!».
En estos casos, en los que el deterioro y el resentimiento son tan patentes, conviene seleccionar muy bien por dónde empezamos, porque con una situación tan frágil, uno o los dos miembros de la pareja, rápidamente, puede sentirse incomprendido o injustamente tratado y abandonar cualquier tentativa de entendimiento.
Afortunadamente, había un tema que a los dos les preocupaba y que estaba por encima de sus diferencias: sus hijos. Ambos se sentían insatisfechos de la imagen que ofrecían a los niños, por lo que no fue difícil convencerles de que debíamos empezar por ahí.
Acordamos un programa de prioridades, donde abordaríamos los temas más complejos, pero con la secuencia que nosotros determináramos, como expertos en la materia. Este principio es importante, pues cuando la pareja tiene tantos puntos «de desencuentro», rápidamente los dos quieren abordar los conflictos más significativos, y no hay nada más contraproducente, desde el punto de vista de la psicología, que afrontar los temas más sensibles sin la preparación y el entrenamiento previo adecuados. Si lo pensamos detenidamente, pocas posibilidades tendremos que algo cambie y mejore si nos empeñamos en hacerlo repitiendo los mismos esquemas.
El primer propósito estaba claro. No se trataba de decir quién lo hacía bien o mal, sino qué es lo que necesitaban los niños —cómo lo transmitían, cómo expresaban sus emociones, sus carencias—, cómo la pareja podía llegar al mismo análisis y actuar entonces de forma coordinada.
Les mandamos hacer registros (anotar literalmente qué es lo que hacían los niños, en qué circunstancias y cómo respondían ellos). Cuando volvieron al cabo de la semana, cada uno albergaba la esperanza de que le echásemos la bronca al otro miembro de la pareja, pero nosotros no hicimos nada de eso; por el contrario, empezamos felicitándoles a los dos, pues ambos habían hecho bien los registros —cada uno traía varias hojas escritas con los acontecimientos de la semana—, y pasamos a analizar, punto por punto, la conducta de los niños y sus reacciones. Ante cualquier conducta del niño o de la niña, preguntábamos en voz alta: ¿por qué creéis que hace esto? Lógicamente, cada uno daba su opinión, así que buscamos un caso donde los dos estuviesen equivocados.
El pequeño de dos años no paraba de tener rabietas. Marisa decía que era porque el niño se sentía inmensamente triste al ver que sus padres se llevaban mal, y Eduardo opinaba que el niño estaba muy consentido por la madre y cada vez se les subía más a la «cabeza», que lo que necesitaba era más disciplina y menos mimos.
Aquí pudimos emplearnos a fondo, comentándoles la importancia de conocer las distintas fases por las que todos vamos atravesando en nuestro crecimiento y las manifestaciones que realizamos. En concreto les dije: «Los dos años son una etapa muy típica en la que tienen lugar muchas rabietas; y no aparecen porque el niño esté muy deprimido al ver que sus padres se llevan mal, o porque se nos quiera subir a la cabeza, aparecen porque están llenos de pulsiones que no controlan y necesitan imperiosamente que nosotros les ayudemos y les ofrezcamos una serie de pautas que les permitan superar esas tensiones. Cuando se tiran al suelo, chillan y patalean sin cesar, lo hacen para llamar nuestra atención y para ver hasta dónde pueden llegar. Ellos esperan que nosotros nos demos cuenta de lo que les pasa y les ayudemos a resolver el tema. La solución no es cogerles y abrazarles porque están sufriendo por nuestra causa; ni chillarles y decirles que ¡ya está bien! y que esta noche no habrá cuento; en ambos casos —insistí— le estáis reforzando su rabieta, le estáis prestando demasiada atención. Cuando le chillamos, el niño siente que estamos pendientes de él, y lejos de pensar que debe reaccionar, en realidad nos ha cogido la delantera y no entiende por qué no somos capaces de terminar con esa situación sin perder el control. En estos momentos de rabieta, lo mejor es que no le prestemos atención, que al cabo de un rato le sorprendamos con cualquier tema, como si no escuchásemos sus gritos, que no cedamos si nos está pidiendo algo, para que no aprenda a conseguir las cosas a base de rabietas, y que, por encima de todo, nos vea tranquilos y relajados; de esta forma las rabietas pasarán y vosotros habréis cumplido una de vuestras misiones como padres, la de ayudar a vuestros hijos a resolver sus conflictos, no a perpetuarlos».
Me extiendo mucho en esta explicación, porque gracias a ella pudimos pasar a la diferente forma que tenemos las mujeres y los hombres de sentir y expresar nuestras emociones. Primero les ofrecí unas pautas muy claras de actuación para los dos ante las siguientes rabietas que presentase el niño, y además les pedí un ejercicio muy concreto entre ellos, como pareja. Este consistía en que cuando Marisa le comentase que algo la preocupaba, Eduardo iba a escuchar, y lo haría de forma activa, preguntando cómo se sentía ella en esa situación, pidiendo más detalles sobre el tema, dejando que Marisa hablase todo lo que necesitara y diciéndole al final que entendía que se sintiese mal —incluso aunque no lo entendiese, no importaba, ya lo entendería en la sesión siguiente—. El no le daría soluciones ni consejos, por mucho que viera claro lo que Marisa debía hacer, pero sí se mostraría cercano y afectivo, y haría algún gesto de cariño —cogerle las manos, tocarle la cara, acariciarle el pelo...—. A continuación Marisa escribiría en un papel cómo se había sentido, y si se había sentido bien, se lo diría a Eduardo en ese momento; si algo no le había gustado, a pesar de todo le sonreiría, y el próximo día analizaríamos con calma lo que ella había pensado a raíz de la actuación de Eduardo.
Poco a poco, ambos vieron que en realidad, si se esforzaban, terminaban interpretando bien lo que el otro podía sentir en cada momento. Nos costó un poco más que desarrollasen determinadas habilidades que les permitirían ayudar a la pareja cuando ésta se sintiera mal. No engancharse innecesariamente lo consiguieron al cabo de unas semanas, no de forma perfecta, pero sí aceptablemente.
La intervención con los niños fue un excelente entrenamiento, pero sin duda lo mejor fue comprobar que ambos, a pesar de todas sus diferencias, podían llegar a entenderse razonablemente bien.
En este caso concreto, para conseguir vencer las reticencias que aún tenían entre ellos, les pedimos que nos registrasen conductas de amigos/as, compañeros/as de trabajo... Estas conductas nos sirvieron para practicar, con otras personas, los principios que estábamos aprendiendo. Fue muy importante cuando un día ambos vinieron contando sus respectivos éxitos con personas del trabajo y de su círculo de amistades; basándose en el análisis que se había realizado en la última sesión, los dos habían ejecutado una serie de estrategias con estas personas, que —increíblemente para los dos— habían producido los resultados que habíamos pronosticado. Estos éxitos «les dieron mucha moral» —como decía Eduardo—, y lo que en un principio él había creído que iba a ser algo pesadísimo, se había convertido en un aliciente, casi en un reto, que intentaba poner en práctica a la mínima oportunidad.