Paloma y Manolo llevaban veinticuatro años casados, y aunque poseían características diferentes, en principio su relación era bastante aceptable.
Tenían dos hijos de veintidós y dieciocho años, que estaban estudiando.
Paloma trabajaba como administrativa en una empresa y Manolo como directivo de un banco.
Hacía diez meses que Manolo había sido prejubilado. Le pilló por sorpresa y ocurrió muy rápido. Al principio no salía de su asombro; al cabo de diez meses estaba a punto de entrar en una profunda crisis depresiva.
Manolo había acudido al gabinete casi arrastrado por su mujer. Aunque reconocía que no había levantado cabeza desde su prejubilación, le costaba mucho pedir ayuda psicológica. En el fondo, tenía muy claro que la causa de su actual estado era su prejubilación, «y eso no lo va a cambiar ningún psicólogo, por bueno que sea».
Paloma se había mostrado muy paciente con este tema, pues entendía que para Manolo había sido un golpe brutal. Las prejubilaciones eran una práctica habitual de su banco, pero él no había pensado que le llegase a los cincuenta y dos años, de la forma tan repentina y sorpresiva en que se desarrollaron los hechos.
Los hijos también habían apoyado mucho a su padre, pero estaban empezando a cansarse de la actitud derrotista y quejumbrosa de éste.
Cuando vimos a Manolo, llevaba varios meses en que apenas salía de casa. Se pasaba el día tirado en el sofá, viendo la tele, leyendo la prensa y «picando» a todas horas. Cuando llegaba la hora de marcharse a la cama no tenía sueño, y de nuevo se quedaba viendo la tele hasta las tres, cuatro o cinco de la mañana. Al día siguiente se levantaba tarde, con sensación de malestar, cansado y sin ganas de hacer nada.
En las últimas semanas la situación se había agravado, pues Manolo cada vez se mostraba más suspicaz, más hiriente y agresivo. Todo parecía molestarle, incluso le fastidiaba que los demás se rieran y estuviesen de buen humor; se había convertido en una compañía lamentable.
Los primeros registros que le pedimos, hechos con bastante desidia y de forma incompleta, nos mostraron una situación muy típica: se pasaba el día pensando en lo «mierda» que era todo, en la injusticia que habían cometido con él, en que ya nadie le llamaba, en que su mujer y sus hijos no entendían lo mal que se sentía... y, para colmo, se estaba convirtiendo en un hipocondríaco, veía enfermedades en cualquier síntoma y se desesperaba porque el médico le había dicho que su estado de decaimiento se debía a que no había aceptado su prejubilación, que no tenía ninguna enferme dad, pero que acabaría con una depresión si seguía con esa obsesión.
Le mandamos hacer otro registro de tareas: debía apuntar las cosas que hacía cada hora y la satisfacción que obtenía al hacerlas. Como era de esperar, la satisfacción era mínima y su actividad se limitaba a estar tumbado y a sentarse, y de ahí a volverse a tumbar; se pasaba el día delante del televisor, pero, eso sí, no paraba de tener pensamientos irracionales, todo era negativo, todo era injusto para él y nada tenía solución.
Esa misma semana tuvo que anotar otro registro de conductas. Dado el incremento de situaciones conflictivas en casa, le pedimos que escribiese qué ocurría cada vez que había alguna situación desagradable o tensa: qué hacía él, qué hacía Paloma, qué hacían los chicos, cómo respondía cada uno ante las conductas de los otros, qué pensaba él en esos momentos de tensión... Al final el análisis era muy claro: Manolo buscaba la mínima oportunidad para crear tensión, Paloma se controlaba bastante, pero los chicos cada vez entraban más «al trapo» y la convivencia se había convertido en un infierno.
Cuando evaluábamos las situaciones que se producían en casa, Manolo me dijo que estaba pensando muy seriamente en marcharse a vivir a un apartamento que tenían en la playa, que le fastidiaba hacerlo por Paloma, pero que como ésta finalmente parecía defender lo que hacían los chicos, pues que se quedase con ellos ¡y todos contentos! Le comenté que me parecía muy bien, y cuando aún no había salido de su sorpresa, añadí: «Pero para irte a vivir a la playa, antes tendrás que estar bien contigo mismo, de lo contrario al segundo día de estar allí, vas a querer que te trague el mar». Manolo asintió con la cabeza, pues era consciente de que la playa no era una solución, sino, como tantas veces hemos señalado, una huida, una salida que al final se convertiría en una trampa muy peligrosa.
Con estos antecedentes, y afortunadamente con la ayuda de Paloma, que en todo momento siguió las instrucciones que le fuimos dando, emprendimos el programa que habíamos diseñado para que Manolo volviera a sentirse bien.
Lo primero que pusimos en su vida fue actividad. Como siempre le había gustado comer bien, le sugerimos que se apuntase a un curso de cocina, la única condición es que desde el primer día del curso, él sería el encargado de hacer la comida en casa. Lógicamente, para completar la tarea, también haría la compra de lo que necesitase, primero lo limitamos al tema de la alimentación, pero Manolo pronto sugirió que podía comprar el resto de las cosas de la casa. Rápidamente le pedimos que hiciera una «lista» consensuada con Paloma de lo que realmente necesitaban, pues Manolo, como la mayoría de los hombres, tendía a comprar más de lo necesario.