amor

El caso de Mabel y Vicente

Mabel y Vicente llevaban siete años de convivencia, tenían una hija de cuatro años y estaban atravesando una crisis importante.
Vicente no tenía claro si quería continuar con esta relación que, en principio, ya no le entusiasmaba y le hacía sentir que estaba renunciando a vivir su propia vida.
Le costaba tomar la decisión por la hija que ambos tenían, a la que él quería por encima de su propia pareja, pero pensaba que si esta relación seguía con tan poco entusiasmo, al final la niña notaría que entre sus padres no había ilusión, ni cariño, ni cosas en común.
Vicente vino a vernos para decidir si debía separarse y, en ese caso, cómo hacerlo para que a la niña le afectase lo menos posible.
Mabel sabía que Vicente había decidido ir al psicólogo, pero se encontraba muy enfadada con él, pues pensaba que llevaba varios años comportándose de una forma muy egoísta, por lo que dijo que sólo vendría un día para exponernos su visión de la situación.
Efectivamente, Mabel vino a las dos semanas de la visita de Vicente, para decir que estaba hasta el último pelo de tener que cargar ella con todo el trabajo de la casa, de la niña..., y encima aguantar a una pareja que actuaba como un niño malcriado, que requería toda la atención para él. Dado que estaba decidida a no volver, y que en realidad apostaba muy poco por la continuidad de la pareja, decidí aprovechar su visita para obtener la máxima información, y le pedí, entre otras cosas, que por favor confeccionase dos listas. En una escribiría diez conductas placenteras que ella estaba dando a Vicente —al menos durante las dos última semanas—, y en la otra pondría diez conductas placenteras que estaba recibiendo por parte de Vicente, también en las dos últimas semanas.
Tal y como nos temíamos, Mabel escribió sin problemas las diez conductas placenteras que ella estaba dando a Vicente, pero sólo escribió cuatro conductas placenteras que estaba recibiendo de él y, curiosamente, las cuatro en relación a Cristina —la hija de la pareja—. En concreto, las únicas conductas placenteras que recibía de Vicente eran: bañar a la niña y jugar con ella durante el baño, estar con la niña mientras cenaba, llevar a la niña a la cama y contarle un cuento hasta que se dormía y dar de desayunar los fines de semana a la niña y jugar con ella hasta que Mabel se levantaba.
Fue necesario retroceder varios meses atrás hasta que consiguió encontrar diez conductas de Vicente que a ella le hacían sentirse bien.
Quedamos en que volveríamos a verla en dos meses, aunque ella podría llamarnos y solicitar en cualquier momento una nueva sesión.
Con estos antecedentes nos dispusimos a trabajar con Vicente, y lo hicimos entrenándole en habilidades de comunicación: cómo escuchar mejor, cómo transmitir información positiva, cómo controlar su conducta no verbal de desagrado, cómo favorecer un clima relajado y cordial, cómo intensificar las muestras de cariño y afecto... Simultáneamente trabajamos con él en el reconocimiento de sus propias emociones, en el análisis de sus insatisfacciones y en el control de algunas conductas negativas.
Pasado un mes desde la visita de Mabel, le pedimos que hiciera el ejercicio del «Día del Amor». En concreto, se esforzaría por realizar aquellas conductas placenteras que tanto valoraba Mabel, y que hacía tiempo que no manifestaba (sorprenderle con alguna propuesta que le hiciera ilusión, llamarle al trabajo para preguntarle cómo estaba, presentarse en casa con algo comprado para cenar, alabarle su físico, ofrecerle muestras de cariño, darle un masaje, preguntarle por sus problemas con sus compañeros...); igualmente, se mostraría especialmente atento para reforzar a su pareja por su conducta. (Por ejemplo: «¡Qué contenta está siempre la niña a tu lado!, «¡qué bien supiste salvar ese problema con tu jefe!», «¡cómo me gusta tu forma de hablar!»...). El anotaría fielmente todo lo que sucediese ese día, lo que él hacía, lo que hacía Mabel, cómo reaccionaba ella, qué volvía a hacer él...
El resultado fue espectacular, tanto, que Vicente, antes de volver a la consulta, repitió el «Día del Amor» en dos ocasiones más. Por primera vez en muchos meses se sentía feliz, había vuelto a ver esos ojos brillantes, llenos de cariño, que tanto le gustaban de Mabel; se había sentido como un adolescente, lleno de emoción, esperando las respuestas de Mabel a sus conductas positivas; habían hecho el amor como años atrás —aspecto este al que siempre están muy sensibilizados los hombres—, y había salido corriendo del trabajo para llegar pronto a casa y seguir sorprendiendo a Mabel con sus conductas. Vicente estaba feliz y, lo más importante, se había dado cuenta de que aún quería mucho a su pareja; que cuidando la relación, mimando la convivencia, mostrándose especialmente sensible en los momentos difíciles..., volvía a sentirse feliz, recompensado e ilusionado con esa vida en común.
Cuando vino Mabel, su semblante era muy diferente; teníamos ante nosotros a una persona esperanzada, llena de ánimos y con un rostro que reflejaba la felicidad que sentía.