Lucía y Federico constituían una pareja un poco atípica. Llevaban ocho años juntos y habían sido padres hacía cuatro años.
Ambos trabajaban, tenían un hijo en común, compartían la misma casa, pero ahí se terminaban todas sus coincidencias.
Cuando vinieron a vernos Federico acababa de tomar la decisión de separarse; sin embargo, a Lucía le parecía que no había razones suficientes que justificasen una medida tan drástica.
Federico estaba muy preocupado por la forma en que la separación podía afectar al niño y, por todos los medios, quería llegar a un acuerdo razonable con Lucía que repercutiera favorablemente en el hijo de ambos.
Había sido Federico quien había tomado la iniciativa de venir a vernos. Nos conocía a través de un familiar muy cercano, que había estado en la consulta recientemente.
El estaba dispuesto a intentarlo todo por el bien de su hijo, pero lo que no iba a tolerar es que las cosas siguieran como hasta ahora. Si Lucía no acercaba posiciones, su decisión era firme.
Por su parte, cuando Lucía vino a vernos lo hizo a regañadientes; era la condición que Federico había puesto para intentar salvar la relación, se le notaba que estaba incómoda y, en realidad, había dicho que sí a la opción de venir al psicólogo para ganar tiempo y ver si mientras tanto a su pareja se le pasaba «esa obsesión por separarse». Rápidamente comprobamos que Lucía no estaba dispuesta a cambiar nada en lo sustancial, aunque no le importaría realizar algunos «ajustes más superficiales».
Federico era una persona que procedía de un estatus socioeconómico bastante alto, mientras que la familia de Lucía se podía encuadrar en un nivel medio-bajo. Este hecho no tendría que ser especialmente significativo, pero en este caso había sido determinante en la configuración del carácter de Lucía.
Nuestra protagonista era una persona tremendamente ambiciosa, para ella su carrera profesional y su bienestar económico eran los dos objetivos que habían marcado todos sus pasos en los últimos años.
Aunque Federico era un chico atractivo, muy agradable, tierno, sensible, simpático, paciente y generoso, nada de eso le había llamado especialmente la atención a Lucía; es más, lo consideraba un poco «blandengue». Lo que más le había atraído de Federico eran su «pedigrí» y su solvencia económica. El procedía de una familia de fuerte abolengo y disfrutaba de un bienestar económico muy superior al de la mayoría de los jóvenes de su época. Ellos no tuvieron que comprarse un piso, los padres de Federico les regalaron una casa en la mejor zona de la ciudad.
Por su parte, lo que más le había gustado a Federico de Lucía era su afán de lucha, su capacidad de superación, su aparente alegría, su buen humor, su desinhibición, sus ganas de formar una familia con hijos y sus ojos llenos de «pasión».
En cuanto se casaron las cosas empezaron a cambiar. De pronto Lucía parecía haber perdido gran parte del interés hacia Federico, no tenía prisa por tener niños, su trabajo había pasado a ser el eje central de su vida, junto con la necesidad de ostentación de su bienestar económico; no paraba de comprar cosas, de cambiar muebles, de estrenar coches, de pedir una casa nueva para pasar las vacaciones en la mejor urbanización del sur de España..., y, para colmo, mostraba cada vez más un temperamento muy impositivo.
Seguramente tuvieron un hijo porque Lucía comprendió que Federico estaba empezando a sentirse mal con el tipo de relación que mantenían y que no durarían mucho juntos.
Una vez que nació el niño, Federico se volcó literalmente en él; era un padre ejemplar, todo el tiempo que pasaba con su hijo se le hacía corto. Pero al cabo de unos meses, surgieron de nuevo los problemas en la pareja. Lucía no parecía mostrar interés alguno por el niño, se limitaba a dar al pequeño todo lo que pedía. Federico se desesperaba una y otra vez, había leído un montón de libros de psicología infantil y se daba cuenta de que el tipo de educación que Lucía quería implantar era totalmente contraproducente.
El niño empezó a tener una conducta bastante déspota y tirana con la madre; literalmente se ponía insoportable con ella. Federico le decía que el niño llamaba así su atención, porque sentía que no era importante para ella, y Lucía reaccionaba de forma colérica.
No había una sola esfera que funcionase bien entre ambos: las relaciones sexuales eran casi inexistentes —Lucía estaba siempre muy cansada—, sus conductas histriónicas desesperaban a Federico —de repente se ponía a chillar o empezaba a tirar cosas al suelo, especialmente cuando había bebido alcohol, cosa que cada vez ocurría con más frecuencia—.
Ante este panorama, decidimos empezar a trabajar primero con Lucía, pues era la que mostraba las conductas más negativas y extremas; conductas que dejaban traslucir una enorme falta de control por su parte.
En la segunda sesión le planteamos que sus diferencias eran tan grandes que habían llegado a convertirse en dos seres antagónicos, con objetivos y sentimientos muy encontrados.
Lucía argumentaba que ella siempre había sido así, que en realidad nunca le habían gustado los niños, que no había tenido una infancia fácil, y que ahora quería disfrutar del bienestar económico que tenían, y no estaba dispuesta a pasarse la vida detrás de un niño malcriado, que parecía tenerle manía. «Lo que ocurre —decía— es que Federico siempre lo ha tenido todo, no ha sentido la necesidad de luchar y abrirse camino, no valora las mismas cosas que yo, y ahora para él el niño es como un juguete, al que quiere modelar como si se tratase de una obra de arte. Está obsesionado con la psicología infantil, con lo que los niños necesitan..., y a mí eso me parecen estupideces; si yo hubiera tenido todo lo que este niño tiene desde que ha nacido, no necesitaría nada más».
El niño, en realidad, era la principal víctima de sus diferencias; de la forma tan distinta que tenían de ver y sentir la vida. Era un niño encantador con todos, pero tirano hasta el máximo con su madre; parecía no quedarse tranquilo hasta que conseguía «desquiciarla»; en ese momento paraba y se ponía a jugar con sus cosas.
Éste fue el típico caso en que nuestro consejo orientador fue la separación. Por mucho que Lucía y Federico se hubiesen esforzado, eran tan distintos en lo esencial, que nunca habrían sido una pareja feliz.
No hay forma de que funcione una pareja cuando ambos son antagónicos:
• Cuando un miembro de la pareja es sensible y el otro es como una roca, pocas posibilidades tienen de terminar bien.
•  Cuando a uno le interesan los hijos, y al otro le estorban, se ha levantado entre ellos un muro.
•  Cuando uno valora por encima de todo el bienestar material, y el otro la profundidad de los sentimientos compartidos, nunca tendrán los mismos objetivos.
•  Cuando no coinciden en su forma de sentir, de pensar, de valorar y de actuar, lo mejor que pueden hacer es acabar con ese desgaste y esa insatisfacción permanente.
Lucía se dio cuenta de que su convivencia era imposible, pero le costaba aceptar lo que para ella representaba un fracaso social.
Un día confesó que Federico era mejor persona que ella, pero que en el fondo él también lo había tenido mucho más fácil, y ella era una superviviente de una familia desunida, con dificultades económicas y con falta de amor entre sus padres.
Al final, afortunadamente, consiguieron llegar a un acuerdo razonable en relación al niño. Aunque seguramente, en este caso, lo mejor hubiera sido que el niño se quedase a vivir con su padre, Lucía se mostró intransigente en este aspecto, y Federico no quiso entrar en una lucha larga y encarnizada, cuyo resultado final no estaba claro, pero que podía influir muy negativamente en la relación y en la actitud que la madre ya tenía con el hijo.
La realidad es que, transcurridos unos meses de la separación, el niño empezó a pasar más tiempo con su padre que con su madre. Ahora la relación entre la pareja es más cordial, de vez en cuando realizan alguna actividad los tres juntos, y el niño tiene una relación más relajada con su madre.
No nos empeñemos en imposibles.

La psicología nos enseña que cuando entre dos personas las diferencias son tan profundas que obligan a cesiones irrenunciables, no hay posibilidad de una vida emocional sana. El sufrimiento que acompaña a la convivencia «enferma» sólo terminará con la separación de la pareja.

Por el contrario, dos personas pueden tener sensibilidades distintas, pero si son complementarias y respetuosas con la forma de ser del otro, si comparten los mismos fines y los mismos valores, si están llenas de un cariño profundo y de una admiración mutua, pueden llegar a confluir en una relación feliz y duradera en el tiempo.

Una vez analizadas las quejas más frecuentes, nos será útil adentrarnos en las principales insatisfacciones.

 

Volver a Amar sin sufrir