Isabel y Antonio eran una pareja que llevaba once años casada, y tenían dos hijos de siete y cinco años. Al principio la relación era agradable, pero pronto surgieron los primeros problemas de convivencia.
Isabel nunca parecía estar satisfecha, siempre esperaba que Antonio fuera más atento, más afectivo, más paciente, más sensible a sus necesidades y a sus demandas.
Antonio sentía que no podía hacer más, que se ocupaba todo lo que podía de los niños, que ayudaba en las tareas de la casa, que trabajaba muchas horas para intentar alcanzar una posición económica desahogada..., pero que todo le parecía poco a Isabel.
La que había tomado la iniciativa de venir fue Isabel, pero pronto fue Antonio el que más se implicó en la terapia de pareja.
La situación de la pareja dejaba mucho que desear. Las valoraciones de Isabel eran muy poco objetivas, pero poseía un temperamento muy fuerte y no estaba acostumbrada a que cuestionasen sus argumentos. Antonio estaba muy cansado, se había agotado en sus intentos por recuperar un clima apacible y relajado en la pareja. El era una persona tranquila, paciente, que quería muchísimo a sus hijos y que sentía una pena enorme ante una situación a la que no veía solución. Seguramente, muchos en su lugar hacía tiempo que habrían estallado y acabado con esa situación.
Antonio se debatía entre el cariño que le tenía a sus hijos, el afecto o la pena que sentía por su mujer, y su necesidad de terminar con una situación que cada día se le hacía más difícil.
En este caso concreto, nuestra actuación no siguió el protocolo habitual; en lugar de pedirles registros sobre sus estados emocionales, les sugerimos que anotaran, literalmente, todo lo que ocurría cuando tenían alguna discusión. La explicación está clara, si les pedíamos que nos anotasen sus emociones, rápidamente Isabel iba a desacreditar las emociones y los sentimientos de Antonio, por lo que no dimos lugar a descalificaciones de ningún tipo. Por el contrario, el registro literal de lo que uno decía, de lo que el otro respondía, de la comunicación no verbal que se establecía en esos momentos —gestos, ademanes, miradas...— permitiría un análisis más objetivo y menos cuestionable.
Sus registros dieron mucho juego. Isabel se enfadaba mucho cuando se analizaban en conjunto, por ello se decidió trabajar una parte de la sesión individualmente, con cada uno de ellos; posteriormente se reunían los tres en el tramo final.
Los hechos eran tan evidentes que, poco a poco, Isabel comprendió que no era objetiva en su valoración, y que sus insatisfacciones obedecían más a sus estados emocionales previos que a las conductas de Antonio. Aceptó que teníamos que trabajar con ella de forma intensiva, para racionalizar y controlar sus pensamientos más automáticos. Una vez vencida su primera resistencia, aprendió a objetivar las causas que provocaban sus emociones, aumentó el control sobre sus pensamientos irracionales y empezó a actuar de una forma más objetiva y, sobre todo, más justa con Antonio.
Aún nos costó mucho que Isabel empleara el refuerzo positivo en su relación, parecía resistirse con todas sus fuerzas a decir algo agradable a la otra persona; nunca encontraba la ocasión ni el momento, pero ante nuestra insistencia y la paciencia de Antonio, terminó por conseguirlo.
Un análisis riguroso de todas las causas y posibles antecedentes que habían condicionado la forma actual de relacionarse de Isabel nos condujo a su familia. Ella venía de una familia muy fría en sus relaciones y distante en la comunicación, con unos padres muy exigentes y duros con sus hijos. Isabel no recordaba ningún momento en que su padre le hubiera felicitado por algo; tampoco su madre había sido una persona afectiva o cercana. En su familia sólo había exigencias, deberes y obligaciones.
Estas vivencias habían marcado mucho el carácter de Isabel. Ella era muy exigente consigo misma, pero llegaba a la intransigencia en su relación con los demás. Se había casado con una persona que la podía complementar muy bien, pero no le dejaba espacio ni le daba oportunidad para hacerlo.
Finalmente había comprendido que el origen y la causa de sus problemas no era la conducta de Antonio, al contrario, él era su mejor oportunidad, pero la solución a la mayor parte de sus conflictos e insatisfacciones estaba dentro de ella misma.
En este caso la paciencia de Antonio y la capacidad de lucha de Isabel consiguieron resolver una situación muy crítica. Sin duda, el cariño que había entre ambos aún era muy fuerte, tanto como para no haber muerto en esos años de convivencia dura y difícil.