Ignacio llegó a la consulta, según sus palabras, porque estaba desbordado.
El tenía veintiocho años y su pareja veintisiete. Las dificultades económicas no les habían permitido irse a vivir juntos antes.
Ahora, por fin, los dos tenían trabajo, aunque sus contratos eran temporales.
Habían alquilado un apartamento y apenas llevaban tres meses viviendo en él.
Ignacio presentaba un cuadro de ansiedad generalizada, que le hacía sentirse muy inseguro.
Una vez hecha la historia, se le pidió, que registrara los momentos más duros que tuviera durante la siguiente semana (día, hora, dónde estaba, qué hacía, con quién se encontraba, qué sentía a nivel físico y cuáles eran sus pensamientos en esos momentos de malestar o ansiedad).
El análisis posterior mostró que Ignacio estaba siempre «en permanente alerta». Todo le preocupaba, en todo veía peligro, todo le suponía un sobreesfuerzo enorme..., y todo estaba ocasionado por su tremenda inseguridad; por un miedo irracional a fallar y no estar a la altura de las circunstancias.
Teresa corroboró esta apreciación. Veía a Ignacio en un «sinvivir», agobiado e intranquilo por las cosas más nimias, incapaz de descansar bien por las noches, obsesionado por el hecho de que estuviera defraudándola y ella lo dejara... Por supuesto, esta inseguridad había influido también en sus relaciones sexuales; relaciones que se habían hecho más esporádicas y que Ignacio las vivía como un examen permanente.
Se le pidió a Teresa que nos confeccionase una relación de aquellas áreas en que veía mal a Ignacio, y en qué medida afectaban a su relación de pareja.
Igualmente, dada la situación tan extrema que Ignacio estaba viviendo, se efectuaron algunas pruebas complementarias y se le pidió que completara algunos cuestionarios para ver cómo estaba emocionalmente y complementara la actuación profesional, como el de Ansiedad de Burns (Ver) y el de Autoestima de J. L. González García y L. A. López Menéndez (Ver).
Ignacio había empezado a estar mal hacía seis meses, primero era en circunstancias muy concretas, ante determinadas preguntas que le hacía Teresa; cuando se comparaba con otros novios que su pareja había tenido; en algunos momentos de las relaciones sexuales... Actualmente su ansiedad era permanente y se había generalizado en todas las esferas de su vida.
Se comenzó por realizar un entrenamiento intensivo, que le permitiera controlar su ansiedad.
A nivel fisiológico, se trabajó con la técnica de relajación muscular y la técnica de respiración diafragmática.
A nivel cognitivo, fue empleada fundamentalmente la parada de pensamiento y las auto instrucciones.
En pocas semanas Ignacio consiguió aquello que le parecía tan imposible. En la medida que logró controlar su ansiedad, empezó a recuperar su seguridad y su autoestima personal.
En realidad, Ignacio se había sentido muy presionado por él mismo. Le angustiaba el hecho de que no supiera estar al nivel que Teresa esperaba de él.
Analizando las primeras fases, vimos que empezó a sentirse muy confuso y muy inseguro en el transcurso de algunas conversaciones con Teresa. En realidad, había cometido algunos de los errores más típicos que ya hemos visto que realizan los hombres cuando están conversando con las mujeres.
Ignacio no sabía que:
— Cuando Teresa le contaba lo que le preocupaba, en realidad le estaba pidiendo simplemente que la escuchara, pero él se apresuraba a darle una serie de consejos y sugerencias, que Teresa tendía a rechazar.
— Teresa, como la mayoría de las mujeres, le preguntaba muchas veces el porqué de las cosas. Ignacio, en lugar de vivirlo como un proceso normal de la mujer, que no implica ningún tipo de enjuiciamiento o valoración, se sentía rápidamente interrogado.
— Cuando Teresa le decía que fuera más lento en las relaciones sexuales, especialmente en la primera fase de caricias, le estaba informando de cómo se sentía mejor ella y cómo le resultaba más placentera la relación; no le estaba diciendo que él era un mal amante y que no sabía hacer feliz a una mujer.
—Cuando Teresa, a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, «adivinaba» que estaba intranquilo o se sentía nervioso, no se debía a su torpeza, sino a que las mujeres observamos mejor la comunicación no verbal (los gestos, ademanes, movimientos involuntarios...).
—Cuando Teresa obtenía mejores resultados en las entrevistas de trabajo, de nuevo no era porque Ignacio fuese menos inteligente o menos brillante, se debe simplemente al hecho de que las mujeres destacamos más en el área del lenguaje.
Poco a poco Ignacio se fue tranquilizando, en la medida que iba comprendiendo que nada indicaba que fuera «inferior», «menos inteligente» o «menos hábil» que Teresa; simplemente, desconocía algunas de las conductas más típicas de las mujeres.
Por otra parte, asumió que tampoco pasaría nada porque cualquiera de los dos fuese menos hábil en alguna área concreta. De hecho, eso sería lo lógico y natural.
El mejor síntoma fue cuando un día vino riéndose al recordar la relación sexual de la noche anterior. Ignacio se había tomado las cosas con mucho interés, y además de leer últimamente varios libros sobre la sexualidad de la mujer, habíamos trabajado en la consulta algunos de los errores más típicos que cometen los hombres en este terreno. El resultado final había sido una relación increíble, que él calificaba de apoteósica, que había dejado literalmente maravillada a Teresa y le había llenado a él de placer y de seguridad.
«Ahora —concluyó— ya sólo me queda aprender a planchar bien, colocar la ropa en su sitio, dejar el baño recogido cuando entro, no llenar la casa de tierra cuando llego de correr, reconocer cuando me equivoco en algo, hacer la lista de la compra y no fiarme de mi memoria, no pensar que mi compañera de trabajo es más eficiente que yo y... pocas cosas más». «Entonces —le dijo la terapeuta—, ya has hecho lo más difícil, lo que me cuentas es cuestión de práctica, de paciencia y de coger un poquito más de seguridad, especialmente en el área profesional».
Ignacio, como tantos hombres, se había sentido muy presionado; pero, como ya hemos apuntado, el principal motivo de presión era interno, se lo causaba él mismo; aunque es bueno saber esto:
La auto exigencia, cuando es excesiva, es una de las peores presiones que podemos sentir.

 

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