Helena y Augusto eran una pareja joven —ambos tenían treinta y ocho años—. Vivían juntos desde hacía diez años, tenían dos hijos: un chico de ocho años y una niña de seis, compartían la misma profesión, aunque trabajaban en empresas diferentes y tenían dos temperamentos muy fuertes.
No coincidían en la manera de educar a sus hijos, ni en la forma de enfocar su vida. Tampoco alcanzaban un mínimo acuerdo en relación a cómo debían gastar el dinero, cómo había que repartirse las tareas, cómo debían solucionar los problemas que iban surgiendo... Su vida en común era un caos. Helena sentía que todo lo tenía que hacer ella y había decidido que ¡ya no aguantaba más!
En cuanto había comunicado su decisión a Augusto, éste había reaccionado con incredulidad, no pensaba que la situación fuera tan crítica y había aceptado ir al psicólogo, en principio para ver cómo debían enfocar la separación, pero en el fondo él pensaba que podía ser una buena oportunidad para que ésta no se llevara a efecto.
El análisis que efectuamos del caso no dejaba lugar a dudas. Helena y Augusto eran el típico ejemplo de dos personas antagónicas.
Salvo el trabajo profesional de Augusto, el resto lo asumía íntegramente Helena. Como a él se le daban mal los niños, actuaba como si no existieran, y cuando intervenía, normalmente era para desautorizar a Helena, pues le parecía que estaba demasiado pendiente de los niños y les exigía mucho para lo pequeños que eran. Exigir mucho para Augusto era pedirles que comiesen en un tiempo prudencial, y que mientras lo hacían no jugasen a tirar la comida al suelo; o que no inundasen de agua el cuarto de baño, o que se acostaran a las diez de la noche —debían levantarse a las ocho menos cuarto de la mañana—. Para él no existían las normas y le parecía una tontería todo eso de los hábitos, las pautas, los límites...
Algo parecido ocurría con las tareas de la casa, con las cuentas de los bancos, con la compra, la comida...
Augusto asumía que él era un desastre para todas esas cosas, y le parecía que con reconocerlo ya estaba todo arreglado. No creía que Helena tuviera que sentirse tan mal, «al fin y al cabo —decía— ella es muy responsable y perfeccionista, y aunque intentase ayudar, seguro que lo repetiría después, así que ¡tampoco es para tanto!, además ella disfruta teniéndolo todo controlado».
Cuando le pedí que reflexionara de verdad, quitándose la careta que se ponía cuando salían estos temas, empezó a sentirse muy inquieto.
Su malestar aumentó cuando tuvimos las primeras sesiones para analizar la conducta de los niños y la actitud que ambos debían adoptar. No aceptaba ninguna orientación que supusiera asunción de responsabilidades por su parte, continuamente buscaba excusas para justificar lo injustificable.
El punto crucial surgió cuando les pedí un registro de tareas. Ambos anotarían, a lo largo de una semana, lo que hacían desde que se levantaban hasta que se acostaban. Hora a hora irían escribiendo la actividad desarrollada, el nivel de dominio que tenían sobre esa actividad (si sabían hacerla, o les costaba mucho; si sentían que finalmente lo habían realizado bien). Lo apuntarían siguiendo una escala del 1 al 5. El 1 significaba poco dominio sobre la tarea y el 5 máximo dominio. Finalmente, pondrían también —cada hora— el nivel de agrado que les había supuesto la tarea (1 sería poquísimo agrado y 5 máximo agrado).
Al cabo de una semana Helena había registrado puntualmente, día a día, todas sus actividades, poniendo el nivel de dominio y de agrado que le habían supuesto cada una. Su gráfica era terrible, no paraba un instante desde las seis y media de la mañana, hora en que se levantaba, hasta la una de la noche, cuando se acostaba. En general, poseía bastante dominio sobre la mayoría de las tareas que hacía, pero muchas de ellas le suponían muy poco agrado: las tareas domésticas no eran precisamente algo que la entusiasmase, tampoco era muy gratificante pasarse el día corriendo, ir de un sitio a otro apagando fuegos, haciendo todo el papeleo, ocupándose de los niños desde que llegaba a casa hasta que se quedaban dormidos...
Al examinar su hoja de registros entendimos la situación límite en que se encontraba y las ojeras que siempre tenía. Por el contrario, Augusto sólo había hecho el registro de tareas los dos primeros días; en parte porque cualquier cosa le daba pereza, y en parte porque era muy evidente la descompensación que existía entre lo que él asumía y lo que hacía Helena. Cuando llegaba a casa, alrededor de las siete y media de la tarde, se duchaba y toda su actividad se limitaba a leer la prensa, ver la tele, tomar la cena —que Helena había preparado—, ver otro rato la tele, jugar con el ordenador y marcharse a la cama hacia las doce de la noche.
Tampoco se había mostrado más diligente en relación a las pautas que le habíamos marcado en su actuación con los niños. El diagnóstico era claro: ¡no iba a cambiar!, simplemente estaba esperando que a Helena se le pasara un poco el enfado y siguieran como hasta la fecha, pues al fin y al cabo, ¡a él le iba bastante bien!
El registro de tareas es algo así como la «prueba del algodón». Cuando la pareja, o un miembro de la misma, crea que las responsabilidades no están equilibradas, en lugar de seguir discutiendo una y otra vez sobre este tema, que hagan un registro de tareas, al menos durante una semana; posteriormente los datos «cantarán».
Helena se sentía timada por Augusto, pero también se sentía engañada por un sistema que acepta como normal el hecho de que las mujeres realicen la misma carga de trabajo, a nivel profesional, y además asuman la casi totalidad de las responsabilidades y las tareas de la casa y la familia.
«Realmente —sentenció un día—, ser mujer hoy es una mala jugada del destino».
Helena se separó y, en este caso concreto, mejoró su calidad de vida. Augusto no colaboraba con los niños, pero ahora no interfería; al no estar él, los hijos sólo tenían una orientación, la de su madre, y pronto reaccionaron de forma positiva: estaban más tranquilos, más pacíficos y más cariñosos y colaboradores con Helena. Cada quince días se iban con su padre, primero el fin de semana entero y, poco a poco, cada vez menos tiempo; al volver estaban algo descolocados, pero pronto se situaban y, tras dos o tres pulsos con su madre, terminaban por estar otra vez encantados en casa; en cada momento sabían lo que podían esperar, lo que había que hacer, lo que iba a pasar, cuándo podían jugar, cómo iba a reaccionar su madre..., y eso les daba mucha tranquilidad.
Por otra parte, Helena, al contrario de lo que suele ocurrir después de una separación, mejoró su situación económica. Augusto debía pasar una pensión por los niños, y además los gastos ahora estaban controlados. El resultado fue que pudo permitirse tener una persona en casa determinadas horas a la semana, para que ayudase en las tareas domésticas; esto le supuso, por fin, poder tener algo de tiempo para ella misma; algo inaudito en los últimos años.
Ahora Helena, aunque podríamos considerar que sigue llevando la peor parte, pues es ella quien asume íntegramente la educación de sus hijos, y quien tiene su tiempo y sus opciones de vida más limitados por este hecho, en el fondo está más tranquila y menos estresada.
Augusto, por el contrario, no tenía a los niños; disponía de más tiempo libre, estaba menos condicionado en su vida pero, curiosamente, él consideraba que había salido perdiendo. Ahora no tenía al lado a una persona que solucionaba cualquier problema, que se encargaba de que todo funcionase, que hacía todo el trabajo de la casa...; ahora tenía que asumir su vida y, como era de esperar, pronto buscó una solución: a los pocos meses ya estaba viviendo con otra chica que, curiosamente, también era muy trabajadora y muy responsable, pero con menos temperamento, menos combativa y más acomodaticia que Helena.
La solución no es que las mujeres deban renunciar a la vida en pareja, o que los hombres egoístas busquen mujeres poco exigentes; la solución sólo vendrá cuando la sociedad en su conjunto y los hombres deforma expresa asuman que todos tenemos la misma dignidad y, como tal, tenemos el derecho a disfrutar de iguales oportunidades y opciones. Todos, absolutamente todos, tenemos derecho a tener vida propia.
La equiparación real entre el hombre y la mujer pasa por una serie de medidas que la sociedad aún no ha tomado, pero, sobre todo, significa también un cambio radical en la asunción de responsabilidades y tareas por parte de la pareja. No se trata de que los hombres pierdan, se trata de que ambos ganen; y todos ganarán si tienen las mismas opciones. En muchos casos, eso significará parecida carga de tareas y similar tiempo libre para cada integrante de la pareja; tiempo absolutamente necesario para el equilibrio emocional de cualquier persona, tiempo para hacer lo que cada uno desee o necesite.
Los psicólogos venimos propugnando, desde hace tiempo, la necesidad de que estos principios se trabajen y se asuman desde la más tierna infancia; tanto en el área familiar como en el marco escolar.
¿A quién beneficia esta situación tan arcaica y tan injusta? Que nadie se engañe, esta situación perjudica a todos. ¿Por qué no actuar entonces? Quizá porque algunos creen que van a perder privilegios, en lugar de pensar que van a ganar calidad; calidad en la relación con su pareja, calidad en su función de padres, calidad en su dignidad y en su crecimiento como personas.
La convivencia es compartir, no es vivir uno a costa del otro, eso sabemos que tiene otro nombre.

Volver a Amar sin sufrir