amor

El caso de Dolores y Marco

No fue sencillo cambiar algunos de los hábitos que cada uno tenía más arraigados. Por ejemplo, Dolores prácticamente nunca reforzaba a su pareja; llevaba meses y meses sin decirle que algo de él le gustaba, que estaba deseando llegar a casa para verle, que se encontraba feliz a su lado...; por el contrario, no paraba de amonestarle por lo que hacía, por lo que no hacía, por lo que le hubiera gustado que hubiese hecho —aunque ella no se lo había manifestado—, por no adelantarse a sus peticiones, a sus necesidades...; por no adivinar sus estados emocionales, por no preguntarle cuando la veía mal, por querer ser resolutivo y no mostrarse comprensivo con sus problemas; por estar siempre dispuesto a tener relaciones sexuales y olvidarse de las caricias, de los mimos, de las conductas llenas de ternura que tanto echaba en falta ella... Desgraciadamente, Dolores estaba haciendo justo lo contrario de lo que debería hacer. En lugar de reforzar y potenciar conductas en Marcos que les acercasen a esos puntos de encuentro, no paraba de castigarle, pensando que con el castigo, por obra de magia, aparecería todo lo que ella buscaba.
Por su parte, Marcos se había encerrado en una especie de mutismo y de falta de contacto afectivo —no sexual—, con el que trataba de defenderse de los ataques continuos de Dolores y con el que pretendía expresar su malestar y su sentimiento de ser tratado de forma injusta.
Tuvimos que entrenarles mucho en un ejercicio muy elocuente, que consiste en «pillar a la pareja haciendo algo agradable». Les costaba dar el calificativo de «agradable» a conductas o actuaciones del otro, pues ambos consideraban que esas conductas eran obligatorias; en consecuencia, al principio se mostraron poco generosos en sus valoraciones, poco a poco se dieron cuenta de que no estaban actuando con objetividad y empezaron a ver los aspectos positivos y divertidos de este ejercicio.
El objetivo de «pillar a su pareja haciendo algo agradable» es aumentar las conductas positivas de la pareja, aquellas que más te gustan y que disfrutas cuando suceden. Lo primero que tuvieron que conseguir Dolores y Marcos fue ser conscientes de las conductas agradables que hacía la pareja. Posteriormente, lograron aumentar estas conductas, gracias al refuerzo que empleaban; es decir, el hecho de que el otro note que esa conducta es valorada por su pareja produce un efecto inmediato, la persona tiende a incrementar esa conducta.
El registro que debían hacer era muy sencillo. En una primera fase apuntarían el día de la semana, la fecha, la hora y la conducta placentera que habían observado en el otro. En la siguiente semana, además de seguir apuntando, tendrían otra tarea añadida, que consistía en hacerle ver al otro que eso que acababa de hacer les había gustado. Cada uno lo haría como mejor estimase, pero siempre tenía que ser un refuerzo positivo. Por ejemplo, con un beso, una sonrisa, un abrazo, una caricia, diciéndole al otro lo bien que se sentía, dándole las gracias de forma elocuente... Estos refuerzos, tan fáciles de dar cuando te acostumbras, consiguen auténticos milagros en la relación de pareja. En consecuencia, en la segunda semana, además del registro anterior, anotarían a continuación el refuerzo que habían dado y la respuesta de su pareja a ese refuerzo.
Ambos tenían que tratar de anotar al menos una cosa agradable que el otro hubiera hecho en un día. Al final de la jornada buscarían un momento tranquilo y un espacio agradable para ambos, que les ayudase a intercambiar sus registros y sus comentarios.
En el caso de que alguno no hubiera conseguido anotar nada, no le darían mayor importancia, pero le sugerirían a la pareja algo que podría hacer al día siguiente y que entraría en la lista de cosas agradables que merecerían anotarse.
Simultáneamente se trabajó con los dos otro ejercicio, que resultó decisivo para contribuir a romper inercias y crear puntos de encuentro; ambos se esforzarían por «sorprender a su pareja reforzándoles con algo agradable todos los días»; es decir, ellos debían reforzar diariamente a su pareja en algo que a ésta le sorprendiera. No se trataba únicamente de hacer actividades nuevas o sorpresivas; se trataba básicamente de reforzar a la pareja, sobre todo con manifestaciones afectivas y con gestos de generosidad; por ejemplo: cediendo en temas que habitualmente les costaban.
Los dos se sorprendieron enormemente de los resultados tan positivos que estaban teniendo en su relación de pareja los cambios que habían introducido.
Aprendieron a vencer la rutina, a tener una disposición positiva y cercana de forma casi permanente, a buscar motivos para sonreír y reír juntos, a encontrar solución a sus problemas, a recuperar la creatividad en sus relaciones sexuales, a divertirse y salir de casa sin necesidad de arruinarse, a hacer de la convivencia un campo para desarrollar acuerdos constantes, donde pudieran introducir pequeñas novedades y modificaciones que consiguieran una convivencia divertida... Al final, como siempre, les pedimos a los dos que nos dijeran qué habían considerado crucial en la resolución satisfactoria de su caso. Ambos coincidieron en lo básico; para ellos lo más importante había sido:
— Conseguir una nueva forma de comunicación, basada en la observación y seguimiento de criterios más objetivos y razonables.
— Aprender a reforzar al otro y ser conscientes de que generalmente, a pesar de las dificultades, podemos ayudar a vencer la inmensa mayoría de los problemas y de los estados emotivos bajos.
— Ser creativos en la convivencia, huir de la rutina, romper algunos hábitos y sorprender a la pareja con propuestas y actitudes nuevas.
— Dar más libertad al otro; respetar sus preferencias, sus relaciones con otras personas y sus necesidades.
— Renovar el contenido, la forma y el fondo de sus relaciones sexuales.
— Aplazar la obligatoriedad de tener que tomar una decisión inmediata en el tema de los niños. (Posteriormente, al año siguiente de esta crisis, ambos coincidieron en que había llegado el momento de tener un hijo).
— Recuperar su independencia y mostrar su autonomía respecto a las relaciones e influencias de sus respectivas familias. (Entre otros acuerdos, decidieron dejar de ir a comer —obligatoriamente— todos los fines de semana a una u otra casa. También les expusieron que no querían volver a hablar del tema de los niños, que era una decisión que sólo les concernía a ellos y que cuando tuvieran algo que comunicar, ya se lo dirían).
— Volver a ser cómplices, sentir que formaban un gran equipo, unido y compacto, que era capaz de vencer las dificultades y disfrutar de los acontecimientos de cada día.
— Reírse y reírse cada vez más, contagiarse la risa y llenarse de la alegría y la satisfacción que sentían por estar juntos.
Dolores y Marcos eran la típica pareja en un momento de crisis, en esa crisis tan frecuente en que se encienden las primeras señales de alarma; afortunadamente ellos quisieron y supieron luchar, uniendo sus fuerzas y sus afectos, pero si hubieran permanecido ciegos y sordos ante esas primeras señales, podrían haber terminado como tantas y tantas parejas, rotas ante el desengaño y la frustración de no recibir lo que esperaban.