Diana y Víctor se conocían desde pequeños, llevaban catorce años casados y tenían dos hijos de doce y ocho años.
Siendo muy jóvenes, durante su noviazgo, Diana se había quedado embarazada, y los dos decidieron que era mejor abortar. Fue una vivencia difícil, pero ambos la afrontaron muy unidos y, en todo momento, se sintieron apoyados mutuamente.
Hacía diez meses, en un «descuido», Diana se había vuelto a quedar embarazada, y aquí surgió el drama. Víctor pensaba que los niños ya eran mayores, y sentía que la llegada de un nuevo hijo rompería el ritmo de vida de la familia y, especialmente, de la pareja. Se sentía cansado para empezar otra vez con toda la historia que acompaña la llegada de un bebé. Por el contrario, Diana, después de la sorpresa inicial, empezó a considerar la posibilidad de que el bebé naciera; en el fondo, ella sentía que esto era una forma de curar una herida que se le había quedado abierta tras su primer aborto.
Cuando Diana vino a la consulta fue a los siete meses y medio de este segundo aborto. Nos comentó que estaba pensando muy seriamente en la posibilidad de separarse de Víctor; no soportaba su presencia física, todo lo que él decía le parecía absurdo, hueco y carente de sentido: palabras y palabras, para esconder la presión que él había hecho y que había llevado a Diana a un aborto en contra de su voluntad.
Como ella misma dijo: sentía auténtico asco y rechazo por su marido. Desde hacía siete meses y medio prácticamente no habían tenido relaciones sexuales, pues cuando había sucedido, Diana se había sentido tan mal, que éstas, lejos de ser un momento agradable y de complicidad en la pareja, le habían parecido una auténtica violación, por lo que había decidido que no quería ningún tipo de relación íntima con Víctor.
Le pedimos que nos hiciera varios registros de conducta, para ver cómo se sentía ella, qué pensamientos se habían instalado de forma permanente en su mente, qué emociones le producían estos pensamientos, cómo era su conducta, cómo actuaba Víctor...
La evaluación que efectuamos de su caso no podía ser más clara. En la actualidad, daba igual lo que hiciera Víctor, a ella todo le parecía mal, tenía una auténtica obsesión que la llevaba a considerar que en realidad él nunca la había querido y que la había «engatusado» para que tuviera el primer aborto, ese aborto que de repente se había hecho otra vez presente y que, según ella, había descubierto que no había superado. En esos momentos, para Diana, Víctor era el máximo exponente de la mentira, de la falta de generosidad, del egoísmo, de la incomprensión, de la insensibilidad, del narcisismo... Esta situación era especialmente relevante si consideramos que, hasta esa fecha, diez meses atrás, ella era la primera que consideraba que su matrimonio iba francamente bien.
Sus registros estaban llenos de pensamientos automáticos y valoraciones muy subjetivas, pero su vivencia del dolor era tan grande que nos costaba avanzar.
Diana sentía, según sus palabras, que la segunda vivencia del aborto había «matado» una parte de ella misma. «Me sentí ultrajada, abandonada, sucia, tumbada en aquella camilla, a mi edad, sufriendo una experiencia tan terrible, que me rompía por dentro, y me quitaba todas mis ilusiones de poder tener un niño y disfrutarlo de verdad, porque yo quería tener ese niño, pero Víctor sólo pensaba en que se veía mayor para empezar otra vez a dormir poco por las noches, a preparar papillas, a que nos fastidiase las vacaciones...; yo me estaba rompiendo y él como si nada, con cara de circunstancias, mirando como quien mira a una loca, es un canalla y no quiero estar con él...».
Diana llevaba meses llorando todos los días, hundida, sin fuerzas y, como ya hemos dicho, con uno de los peores sentimientos que se puede tener, sin esperanza; sin esperanza en ella misma, en su vida y en su futuro.
Ese dolor tan intenso la llevaba a la extenuación. No le apetecía estar con los niños, no quería que la viesen en su estado y, por otra parte, la agotaban, los miraba y lloraba inmediatamente. Los niños no sabían qué estaba pasando y manifestaban su incertidumbre de la forma que suelen hacerlo a esas edades, con rebeldía, mostrando conductas extremas, que continuamente ponían a sus padres «entre la espada y la pared». Diana perdía frecuentemente el control y respondía de forma agresiva, después se arrepentía, y de nuevo volvía a repetirse la misma secuencia.
Víctor le había dicho a Diana que él también quería ir al psicólogo, y acudió en cuanto le llamamos. Ante nosotros teníamos a una persona envejecida prematuramente, seguramente por la tensión de los últimos meses. Como él mismo decía: estaba hecho un lío; no sabía cómo actuar, todo lo que obtenía eran reproches, cualquier intento se lo tiraban por tierra, le asustaban las miradas que Diana le dirigía: «Es como si me estuviera diciendo: ¡ojala te mueras!»; veía a los niños muy descentrados, muy inquietos y agresivos entre ellos. Víctor sentía una impotencia terrible, se había arrepentido una y mil veces de haberle dicho a Diana que ya eran muy mayores para tener otro hijo, que además no les venía bien profesionalmente a ninguno de los dos, que iba a ser una distorsión enorme en sus vidas. A pesar de todo, antes del aborto, como veía a Diana muy afectada, le dijo que fuera ella quien tomase la decisión, que ya sabía lo que él pensaba, pero que no la podía obligar a que abortase, que la responsabilidad final de lo que decidiese era suya.
Seguramente Víctor había intentado en esa fase dar un poco marcha atrás, pero sus palabras no pudieron ser más desafortunadas. Diana aún se sintió peor, en lugar de pensar que Víctor le estaba diciendo que él aceptaría su decisión —que aunque mal expresado era lo que él quería transmitir—, interpretó que descargaba toda la responsabilidad en ella, que lejos de apoyarla aún la sometía a más presión, que había sido un canalla que la había dejado totalmente tirada, y que toda su vida le estaría echando en cara lo que les sucediera a partir de ese momento, pues ella tendría la culpa de todo, al empeñarse en traer al mundo a ese niño que les iba a romper toda la dinámica familiar y profesional.