Diana y Emilio parecían el típico ejemplo de pareja feliz. Llevaban juntos veinticuatro años y tenían dos hijos de dieciocho y dieciséis, que no presentaban problemas especiales.
Gozaban de una buena situación económica, y aparentemente tenían muchos amigos y una vida social bastante intensa.
Desde el punto de vista físico, aunque Diana había dado un «bajón» después de una intervención quirúrgica, eran dos personas atractivas, que se conservaban bien.
A pesar de todo, Emilio llevaba varios meses preocupado ante las continuas quejas de Diana, pues ésta se encontraba en medio de una crisis muy profunda y no paraba de manifestarle su insatisfacción y su convencimiento de que él tenía la culpa, pues desde hacía tiempo no se sentía querida.
Emilio en realidad venía para que le orientásemos sobre cómo debía tratar a Diana, y para pedirnos que intentásemos ayudar a su mujer.
Emilio, a petición nuestra, le había comentado a Diana que nos gustaría verla, pero ella le había dicho que no se encontraba con ánimos para venir y contar lo que le pasaba, que en realidad ya se lo había dicho a él mil veces, que le resultaba muy doloroso volverlo a exponer, que nos lo transmitiese Emilio, si es que se había enterado de algo; que ya vendría luego, cuando empezara a ver los primeros efectos.
En estas circunstancias, siempre que nos resulta posible, intentamos no forzar al miembro de la pareja que no quiere acudir a la consulta. Además, cuando alguien está en esa crisis emocional, normalmente la pareja que vive a su lado se encuentra perdida y necesita también ayuda y orientación de forma inmediata.
Afortunadamente, Emilio era una persona con buen ánimo, sensible, enamorado de su mujer, con muchas ganas de poder ayudar, de mejorar y superarse día a día. Para Emilio su familia era lo más importante, y le producía mucha infelicidad ver a Diana en esas circunstancias, y contemplar cómo él, lejos de ayudarle a mejorar su estado de ánimo, parecía actuar de una forma especialmente torpe, que crispaba aún más a su pareja.
A su manera lo había intentado, pero se encontraba en un callejón sin salida.
Los primeros años de la pareja habían sido muy duros; a los dos años de casarse habían decidido montar una empresa y ambos habían trabajado de forma incansable; sólo cuando la situación económica fue más estable se permitieron tener hijos.
Diana siguió en la empresa hasta hace seis años, en que tuvo diversos problemas de salud, que terminaron con una intervención quirúrgica importante.
A raíz de la operación, se sintió muy mermada física y anímicamente y ambos, de común acuerdo, decidieron que era el momento de concederse un merecido descanso. Por otra parte, la empresa había alcanzado una economía muy saneada y podían cubrir el puesto de Diana sin problemas.
Al principio Diana se volcó en los niños y en su recuperación física y emocional, y parecía que poco a poco iba saliendo del bache, pero su carácter empezó a cambiar: su paciencia cada vez era menor, su humor se había hecho más agrio, su insatisfacción crecía por momentos, no lograba descansar bien por la noche desde hacía años..., y la convivencia fue deteriorándose, primero con los niños, y después con Emilio.
Actualmente la relación con los chicos había mejorado, pero sus insatisfacciones seguían presentes y todas parecían tener un único destinatario: Emilio.
Estaba claro que había que intervenir, dos personas estaban sufriendo y su relación de pareja empeoraba día a día.
El análisis riguroso que efectuamos sobre los principales hechos acontecidos en los últimos años nos permitió situar bastante bien el origen y la causa de la transformación que Diana había experimentado. Uno de nuestros primeros objetivos fue informar a Emilio, de forma pormenorizada, de las consecuencias que, tanto desde el punto de vista físico como anímico, había producido en Diana la menopausia precoz que había sufrido.
Con el problema «bien situado», Emilio empezó a rellenar el registro de conducta. Los datos no podían ser más elocuentes: Diana sufría una crisis profunda en su estado de ánimo; no llegaba a ser una depresión como tal, pero el sentimiento de tristeza e insatisfacción era tan permanente que había terminado por dejar huella en una persona con su fuerza y voluntad.
Ella se había esforzado al máximo para que su estado anímico no repercutiera en la relación con sus hijos, y lo estaba consiguiendo, pero como por algún sitio tenía que romperse esa cuerda tan floja, Emilio se había erigido en el centro y en el origen de todas sus desgracias e insatisfacciones. Literalmente parecía «que no le pudiese ni ver»; saltaba a las primeras de cambio, le recriminaba por lo que hacía, por lo que dejaba de hacer y difícilmente pasaba un día sin que tuvieran una discusión fuerte.
Emilio intentaba que ella viera lo injusto de su postura, pero con sus argumentos sólo conseguía irritarla cada vez más. Diana reaccionaba encerrándose en sí misma y dirigiéndole todos sus reproches e insatisfacciones.
Nos costó que Emilio comprendiera que Diana estaba tan mal que no podía llegar a ella a través del razonamiento, sino por medio de la emoción. Cuando alguien está hundido hasta ese punto, sólo podemos ayudarle situándonos a su mismo nivel; no intentemos que utilice la lógica y el razonamiento objetivo, porque en esos momentos le resulta imposible, es un esfuerzo sobrehumano; necesita nuestro apoyo, nuestro calor y nuestra comprensión, y en ello debemos volcarnos.
Emilio por fin:
2.
3.
Aprendió a distinguir que cuando Diana le decía «que no se sentía querida», en realidad lo que le estaba diciendo es que no podía más, que no era feliz, que se sentía insatisfecha, aburrida y desesperada, que estaba agotada de no dormir por las noches, que se pasaba el día abanicándose y abrigándose, pues aún pasaba de los sudores más incómodos a la sensación de frío más penetrante; que quería ser la mujer alegre, optimista y vital que siempre había sido. Le costó mucho, pues él cometía el típico error de analizar literalmente sus palabras; no era capaz de ver el auténtico mensaje de Diana, se quedaba en que ella le decía que no se sentía querida, y se empeñaba en que le explicase cómo podía ser tan injusta y decir que no la quería, cuando él se pasaba la vida pendiente de ella. Aprendió a ESCUCHAR, a respetar sus estados de ánimo, a no rebatir cada palabra que Diana pronunciaba, a prestar atención a su comunicación no verbal (a sus gestos de desolación, a sus movimientos sin fuerzas, a su cara y sus ojos marcados por la tristeza y la desesperanza)... Al cabo de unas semanas... Aprendió que Diana necesitaba cercanía, cercanía anímica, necesitaba cariño, afecto y ternura.
El cariño se siente, no se enseña; se transmite, no se ordena; se regala, no se pide.
4. Aprendió que el afecto anida en los sentimientos profundos y se manifiesta en los movimientos lentos, suaves, pacientes, llenos de calor y sensibilidad.
5. Aprendió que cuando una persona luchadora se queja a su pareja, no lo hace para regañarla, lo hace para intentar salvar lo que siente que está en peligro de naufragar.
Las mujeres son diferentes a los hombres. Lo que ellos interiorizan como una queja, en realidad es un lamento; necesitan detalles envueltos en ternura, no en dinero.
6. Aprendió a amar de la forma que Diana necesitaba sentirse amada.
En realidad, ella le había dado muchas señales, pero Emilio se había quedado en la literalidad de las palabras, no en la profundidad de los mensajes.
Por su parte, pasado el primer mes, Diana vino a la consulta, y su contribución fue vital.
Una vez que ella se dio cuenta de que Emilio no era el culpable de su malestar, ni de su insatisfacción, comprendió que no terminaría de recuperarse por completo si no asumía el control de sus propios pensamientos; de esos pensamientos negativos que la acompañaban durante los últimos años y que continuamente le provocaban contratiempos, emociones dolorosas, desconsuelo e insatisfacción.
También Diana aprendió:
1. Aprendió que, en última instancia, cada uno es responsable de su estado emocional.
2. Aprendió que, a pesar de las circunstancias adversas, podemos encontrarnos razonablemente bien con nosotros mismos, si conseguimos controlar nuestros pensamientos; si aceptamos que hay cosas que podemos hacer y otras que humanamente se nos escapan.
3. Aprendió que nunca nos sentiremos no queridos si, por encima de todo, seguimos queriéndonos a nosotros mismos.
4. Aprendió que podemos estar fastidiados físicamente, pero que, con esfuerzo y con decisión, podemos conservar nuestra salud psíquica.
5. Aprendió a no pasar factura y a concentrar todas sus energías en salir adelante y conseguir sus objetivos.
6. Aprendió que la queja, cuando es permanente, se convierte en nuestro peor enemigo, pues lejos de ayudarnos a conseguir nuestros objetivos, nos aleja tanto de ellos como de las personas que nos rodean.
La sonrisa atrae y la tristeza aleja; la alegría es una virtud, y el derrotismo una tragedia; la esperanza derriba barreras y el pesimismo levanta muros...
7. Aprendió que el trabajo, cuando te gusta lo que haces y el horario no te roba la vida, es un buen compañero, que te ayuda a salir de tus problemas, que te facilita el contacto y la relación con otras personas, que te proporciona una independencia y una autonomía que siempre son positivas
8. Aprendió, por último, a darse cuenta de que no podía pedir a los hombres, aunque el hombre fuera su marido, que pensaran, reflexionaran y sintieran como mujeres.
Una de las decisiones que Diana tomó fue volver al trabajo; afortunadamente, en su caso podía permitirse una jornada reducida y así lo hizo. Volvió a trabajar no para llenar vacíos, que ella sabía que debería cubrir de otra forma, sino para sentirse de nuevo satisfecha con lo que hacía, porque sabía hacerlo bien; necesitaba sentir que el tiempo era finito para volver a valorarlo; precisaba volver a experimentar que la relación con las personas es una forma de seguir creciendo cada día y de alimentar nuestra experiencia; consiguió, por último, recuperar la tranquilidad y la paz que te da saber que tienes autonomía económica.
Las mujeres, a diferencia de los hombres, en términos generales valoran más las relaciones personales que el trabajo, pero con frecuencia el trabajo favorece las relaciones personales.
Diana y Emilio recuperaron la confianza el uno en el otro y algo más importante: la comprensión, el respeto mutuo y la valoración personal.
Cuando alguien no se sienta querido/a, que se ponga inmediatamente a la tarea de quererse a sí mismo/a; que piense en todo lo que le gusta de él/ella, y se concentre y disfrute de lo que ya ha conseguido en su vida.