
Cuando nos sentimos injustamente tratados/as
Sin duda estamos de nuevo ante una de las emociones más dolorosas. Al hecho de sentirse injustamente tratado/a, hay que añadir el agravante de que es tu pareja quien parece tratarte de forma poco justa.
Cuando empezamos una relación afectiva, lo hacemos desde la ilusión, desde la alegría por haber encontrado a una persona que parece responder a nuestro ideal de pareja, y con el ánimo de llegar a compartir experiencias y vivencias agradables, placenteras y reconfortantes.
Lo último que esperamos encontrar es una relación que mine nuestros pilares y nos llene de amargura y dolor; de ese dolor que es mucho más intenso y profundo cuando viene de la persona en la que habíamos depositado nuestra confianza y nuestras esperanzas.
En general, el primer síntoma de alarma surge cuando nos sentimos desvalorizados, cuando la otra persona, lejos de reforzarnos y alimentar nuestra confianza, parece empeñada en dejar nuestra autoestima por los suelos.
Pasamos de la comunicación placentera a la incomunicación dolorosa. Los gestos de cariño son sustituidos por miradas hostiles o reprobatorias. La persona habla, intenta exponer sus ideas, se queja del trato recibido, pero su pareja no le escucha, sólo sanciona. El silencio y la incomprensión empiezan a abrirse paso.
Una persona puede sentirse injustamente tratada cuando su pareja hace juicios de valor que no se corresponden con la realidad, cuando ve que sus ideas nunca se tienen en cuenta, cuando la otra persona parece rechazar cualquier comentario que venga de su parte, cuando no se valora su esfuerzo, cuando ante sus mensajes de afecto o de conciliación recibe hostilidad, cuando ante su continua generosidad le responden con egoísmo, cuando sólo le llegan quejas y reprobaciones.
Las mujeres, generalmente, manifiestan ese sentimiento de pena de forma más expresiva, tanto a través del lenguaje verbal como no verbal. En un principio piden explicaciones ante lo que consideran un trato injusto, finalmente, cuando ven que es inútil, intentan guardar sus energías para protegerse del daño que les produce esa injusticia.
Los hombres que se sienten injustamente tratados se cierran en su dolor, intentan desconectar al máximo y procuran entretenerse o volcarse con actividades que lleven su mente a otra parte.
En las mujeres y en los hombres el resultado final es parecido, han pasado del amor al dolor; la transición ha podido ser más corta o más larga, pero siempre la emoción ha sido muy amarga.