La odisea de amar a una persona narcisista
Nadie niega que la autoestima sea uno de los factores más importantes para crear bienestar e inmunidad psicológica. En algunas publicaciones se ha enfatizado este tema: quererse a sí mismo es imprescindible para crecer como ser humano. Más aún, podríamos decir que la vida en todas sus manifestaciones, tal como afirmaba Spinoza, busca perseverar en su ser y conservar la existencia a lo que dé lugar. Cuidar del «yo» y mantener una identidad no fragmentada es signo de salud mental y, por el contrario, la renuncia de uno mismo es síntoma de enajenación. La especie habría desaparecido sin el instinto de conservación, no en vano, el cristianismo y otras religiones proponen que el punto de partida del altruismo y la compasión sea el «yo». Cuando se afirma que hay que «amar al prójimo como a ti mismo» se está aceptando explícitamente la importancia del amor propio.
En el caso del narcisismo la cuestión toma otro rumbo, y este impulso de vida se convierte en autoexaltación, egolatría y egocentrismo («Soy único»; «me idolatro», y «soy el centro del universo»). En el estilo narcisista, el gen egoísta llega a su máxima expresión y se manifiesta sin tapujos y de forma desmedida. Es el lado antipático de la autoestima, su cara oscura, la desproporción del yo. La autoestima adaptativa y
virtuosa se ubica entre la presunción insoportable y la minusvalía. El engreído destruye la condición humana por exceso («Eres menos que yo, no estás a mi altura») y el que no se quiere a sí mismo lo hace por defecto («No valgo la pena, me avergüenzo de lo que
soy»). La inaceptable propuesta amorosa del narcisista gira
alrededor de tres actitudes irracionales:
Mis necesidades son más importantes que las tuyas» (menosprecio afectivo)
¡Qué suerte tienes de que yo sea tu pareja! (grandiosidad-superioridad) y
Si me criticas, no me amas (hipersensibilidad a la crítica).
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