Amores peligrosos

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Mujer, belleza y salud

La insoportable tranquilidad del ser amado

Una cosa es ser tranquilo, no dejarse llevar por la impulsividad ni la ansiedad y sentirse en paz con uno mismo, y otra muy distinta hacer del letargo y la displicencia una forma de vivir. Un cirujano que opera «sin prisa» es cuidadoso, pero un bombero «sin prisa» es un peligro social. Es indiscutible que necesitamos una dosis de preocupación mínima para desenvolvernos en el mundo actual. Demasiada tranquilidad estresa, ésa es la paradoja, a no ser que estemos ante un lama o un sabio, cuya paz es genuina. El pasivo-agresivo es otra cosa. Una señora que siempre había sido pacífica, casada hacía diez años con un hombre que practicaba el amor subversivo, decía a su terapeuta en un ataque de desesperación: «¡Quiero pegarle, déjeme, autoríceme, diga que es parte de la terapia, mi sueño es darle duro!». Ciertas formas de tranquilidad, sobre todo las que se convierten en un instrumento de «lucha» o de venganza, son especialmente dolorosas y generan altas dosis de agresividad. Los que tienen vías, novios, amigas, amigos, amantes, esposas o esposos que marchan a cámara lenta y en dirección contraria a las agujas del reloj saben a qué nos referimos.
La inaceptable propuesta afectiva del estilo pasivo-agresivo se genera en tres actitudes especialmente dañinas:
«Tu proximidad afectiva me aprisiona, tu lejanía me genera inseguridad» (ambivalencia interpersonal);
«Debo oponerme a tu amor, pero sin perderte» (sabotaje afectivo); y
«Aunque nos amemos, todo irá de mal en peor» (pesimismo contagioso).


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