Focalización maladaptativa: Si no estoy vigilante, me engañarás
La lectura de la mente es la distorsión cognitiva preferida del paranoide. Casi siempre está «pensando en lo que el otro piensa que él piensa», y escarbando en las intenciones de su pareja. La angustia que genera la suspicacia en estas personas es tal que algunos sienten alivio si sus hipótesis se cumplen. Prefieren el hecho consumado del engaño, aunque duela, que la incertidumbre cotidiana. Alguien que había descubierto a su esposa en una infidelidad sostenida dijo con alivio: «Al menos se terminó, la sospecha me estaba matando». ¿Será preferible el dolor de la incertidumbre resuelta a la felicidad probable?
Celos reales o imaginarios, justificados o delirantes, pasados o futuros, todos duelen igual y causan los mismos estragos. Si tu pareja coquetea descaradamente con alguien en tus narices y te enfureces, es natural. A nadie le gustan los cuernos y menos de frente. ¿Qué haría una persona «normal» en una situación así? Encarar la cuestión, decir honestamente lo que piensa y tratar de sentar un precedente no violento al respecto. Pero también es posible que si practicas la filosofía swingers, te guste ver a tu media naranja flirteando, obviamente si la fantasía es compartida. Cada quien corre con sus gustos y los costos asociados, lo importante es respetar los acuerdos y que exista cierta compatibilidad de fondo. Por ejemplo, no nos imaginamos a un paranoide con una persona histriónica. Los celos patológicos son distintos. Surgen sin fundamento alguno y el celoso empieza a establecer correlaciones ilusorias y a atar cabos que no están sueltos. Las interpretaciones erróneas se disparan todo el tiempo y pueden llegar a constituir un trastorno celotípico delirante. Veamos un ejemplo ilustrativo: un paciente estaba seguro de que su mujer hacía el amor con alguien mientras él dormía a su lado, por lo que había decidido pasar las noches en vela y agarrar al intruso con las manos en la masa. De más está decir que nunca se topó con el supuesto amante.
Pero quizá lo que más le moleste al paranoide sea su orgullo herido, en tanto el engaño rompe traicioneramente un pacto preestablecido de exclusividad afectivo-sexual. En este punto vale la pena aclarar que el «honor mancillado» y la «dignidad territorial» no sólo es un problema masculino, sino también de las mujeres. Veamos parte de un diálogo de un terapeuta con una mujer que había descubierto que su marido le era infiel, pero no quería dejarlo.
TERAPEUTA: ¿Usted lo ama?
PACIENTE: No mucho.
TERAPEUTA: Entonces, ¿por qué sigue con él? ¿Se justifican los gritos, las peleas, las persecuciones y todo el escándalo que se ha producido?
PACIENTE: Él es mío, aunque no quiera....
TERAPEUTA: Hay algo que no entiendo bien... Si no lo ama, ¿qué es lo que le duele?
PACIENTE: El orgullo, la dignidad... Una mujer trató de quitarme lo que me pertenecía... Se metió en mi vida...
TERAPEUTA: Insisto, ¿no sería mejor dejar todo por un tiempo, en vez de hacerse tan mala sangre, de sentir tanto rencor y odio? Eso podría enfermarla...
PACIENTE: ¿Enfermarme? ¡Me mantiene viva...! ¡Él tiene que pagar!
TERAPEUTA: ¿Pagar?
PACIENTE: Tiene que resarcirme del daño que me ha hecho.
TERAPEUTA: Pero ¿de qué manera se sentiría usted satisfecha?
PACIENTE: Todavía no lo sé... Tiene una deuda conmigo y hasta que la pague no le dejaré en paz...
Cuando se juntan infidelidad y rencor todo vuela por los aires. El perdón no encuentra cabida y las segundas oportunidades son tan lejanas como la paz mundial.
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