Amores peligrosos

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Estilo histriónico - teatral

Amar a una persona histriónica/teatral es dejarse llevar por un huracán de grado cinco. Algunas de sus características son: querer ser siempre el centro de atención, ser excesivamente emotivo, mostrar comportamientos seductores, cuidar exageradamente el aspecto físico, tener actitudes dramáticas e impresionistas, ver intimidad donde no la hay y ser muy intensas o intensos en las relaciones interpersonales (especialmente cuando hay amor de por medio). Las personas que tienen esta manera de amar desarrollan un ciclo amoroso de mal pronóstico. Al principio sus relaciones afectivas están impregnadas de un enamoramiento frenético y fuera de control y después, como en caída libre, suelen terminar con las relaciones de manera drástica y tormentosa. El amor histérico no sólo se siente, también se carga y se soporta, porque al exigir atención y aprobación las veinticuatro horas, la relación se vuelve agotadora. ¿Cómo estar bien con alguien que nunca está satisfecho afectivamente?
Jorge conoció a Manuela en la universidad y se sintió impactado por ella desde el primer momento: era joven, sexy y alegre. Todos los hombres la deseaban y a ella no le desagradaba en absoluto; por el contrario, buscaba ser el centro de atención y ejercía un fuerte magnetismo sobre el sexo opuesto. Se entretenía con los hombres, como el gato con el ratón: se exhibía, los provocaba y luego los dejaba en las nubes. Había aprendido a jugar con la testosterona masculina sin involucrarse, ni sexual ni afectivamente. Con Jorge pasó algo distinto. La timidez que él mostró, y su introversión, generó en Manuela el reto de conquistarlo, cosa que logró sin demasiado esfuerzo. Al poco tiempo ya estaban viviendo juntos. En realidad, Jorge quería tenerla más controlada porque temía que de tanto jugar le fuera infiel. Cuando llegaron a la consulta de un psicólogo, la convivencia estaba bastante deteriorada y sus insatisfacciones eran similares: ninguno se sentía amado por el otro. Manuela exigía más mimos y atención: «Parece que yo no le importo... Necesito que sea más cariñoso y que me dedique más tiempo... Me gustaría verlo más apegado a mí...». Por otra parte, Jorge pretendía que ella fuera más sobria y menos llamativa, y también quería mejorar las relaciones sexuales: «Ella no disfruta el sexo, no es lo que aparenta... De verdad, no me siento deseado... Creo que es frígida o algo parecido...». En los comienzos de la relación, ingenuamente, Jorge había pensado que Manuela sólo desplegaba su comportamiento seductor con él, pero cuando descubrió que el flirteo y el exhibicionismo eran parte de su manera de ser, sintió una mezcla de miedo y desilusión. Él trató de que ella cambiara su estilo de vestir incitante y el modo de relacionarse con los demás hombres, pero no lo consiguió.
El asunto tuvo un final sorpresivo: Manuela repentinamente lo dejó por uno de sus mejores amigos. Dijo: «¡Estoy enamorada de verdad! ¡Hablamos de casarnos! ¡Él es maravilloso!». Cuando se le preguntó por Jorge, el novio por el cual lloraba apenas unas semanas antes,  respondió: «Ah, Jorge... No sé, eso ya pasó... ¡Ahora estoy tan contenta!». Como si fuera una fiebre o una enfermedad, Jorge ya no existía en la memoria emocional de Manuela, lo había borrado de su disco duro como quien elimina un virus.
En contra de lo que suele pensarse, el estilo histriónico no es exclusivo de las mujeres. La cultura posmo-derna ha provocado que un número considerable de varones entren en el juego exhibicionista. Basta ir a una discoteca de moda para encontrarse con un mundo «histeroide», donde tanto hombres como mujeres hacen alarde de sus más encantadores atributos. Hombres de piel tostada y humectada, ropa de marca, accesorios llamativos, miradas sugerentes y músculos a la vista hacen las delicias de un sinnúmero de bellas damas que andan en lo mismo: los lindos con las lindas, acompasados al ritmo de un pavoneo grupal donde el cortejo se vuelve cada vez más barroco. ¿Sexo? No necesariamente. En la filosofía del «histeriquis-mo», cautivar puede ser más excitante que tener sexo; enamorar, más impactante que enamorase; ilusionar y fantasear, más estimulante que ligar, y sentir, mucho más ventajoso que pensar. Mariposeo y voyerismo revuelto: el ocaso de la sencillez. Se mira y no se toca, o si se toca, es por encima. Una subcultura que genera erecciones en cadena y enamoramientos a discreción, cada vez más inconclusos.

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