Amores peligrosos

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Mujer, belleza y salud

Entrega ilimitada: Necesito dar amor desesperadamente

 

Una cosa es el amor universal y otra el amor de pareja, concreto y personalizado. En el primero no hay certificado de retorno ni retribución (¿acaso habrá esperado gratitud o recompensa santa Teresa de Calcuta?). En el segundo necesitamos algún tipo de retroalimentación, porque está en juego la supervivencia del «yo». ¿Cómo no extrañar la caricia y la ternura del ser amado, si somos tiernos y cariñosos? ¿Cómo no esperar fidelidad, si somos fieles? ¿Cómo no esperar sexo, si damos sexo? El amor saludable es de ida y vuelta, siempre tiene dos sentidos. Obviamente no hablo de ser milimétrico: a veces uno da más de lo que recoge, y no importa; pero si después de dar a manos llenas no recibimos nada de nuestra pareja, la duda empieza a mortificarnos y el resentimiento va ganando espacio. Cuando alguien con un esquema de entrega ilimitada encuentra a un narcisista, se produce una simbiosis tan extraordinaria como mortal. ¿Habrá una combinación más peligrosa que un adicto al trabajo y un explotador? Que a nadie le quepa duda: la plusvalía afectiva existe. El sujeto narcisista es un receptor nato y un pésimo dador de amor, que se ve a sí mismo como el destinatario natural de cualquier expresión amorosa. En su mente no existe el valor de la reciprocidad. Insisto. El sueño de todo «dador compulsivo» es encontrar un «receptor insaciable», y esa fantasía sólo se logra cuando encuentras a un narcisista consecuente y de buena cepa. Y es allí, en esa complicidad tácita y marcada por la patología, donde la entrega se hace destructiva.


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