Amor antisocial-pendenciero: El amor violento
El estilo antisocial es una forma de antiamor (la otra corresponde, como veremos, al estilo esquizoide). Según algunos filósofos expertos en el tema, las características que definen esta personalidad están íntimamente ligadas a una especie de «maldad esencial» que bloquea cualquier tipo de aproximación afectiva. Desde un punto de vista ético se los considera «idiotas morales», es decir, personas incapaces de reconocer los derechos de los demás. No es una buena carta de presentación para un pretendiente, y menos aún si tenemos en cuenta que estos individuos tienden a violar las normas sociales, son extremadamente impulsivos, irresponsables y con frecuencia presentan comportamientos fraudulentos e ilegales. Pero lo que de verdad sorprende es que consigan pareja, se casen y tengan hijos.
Si en el estilo paranoide la cuestión es cómo «vivir con el enemigo», aquí se trata de cómo «sobrevivir con el depredador». Y no me refiero necesariamente a los asesinos en serie, sino a los que teniendo un estilo antisocial están insertados en nuestra sociedad como personas de bien, cuando en realidad son una amenaza para cualquiera. No importa la categoría en que se ubiquen: estafadores de guante blanco, adictos al peligro, fanfarrones, temerarios o abusadores, todos guardan el núcleo duro de la destrucción interpersonal, todos cosifican a los demás, no importa cuánto amor juren.
Carmen conoció a Antonio cuando estaba a punto de ser abogada. Él era profesor de universidad y le llevaba veinte años de edad. Aunque el hombre se había casado tres veces y tenía cuatro hijos de los otros matrimonios, eso no pareció importarle mucho a Carmen, quien se sintió fascinada por el estilo arriesgado e irreverente que mostraba Antonio. En una entrevista con su terapeuta, ella confirmó este aspecto: «Creo que me enamoré de su energía y de sus ganas de disfrutar de la vida... Había tanta pasión en él...». Al poco tiempo ella se quedó embarazada y decidieron casarse. Por desgracia, los problemas no tardaron en aparecer. Lo primero que le llamó la atención a Carmen fue la despreocupación de Antonio por el niño que venía en camino. Sus «ganas de vivir» contrastaban marcadamente con la frialdad que mostraba ante el embarazo. No la acompañaba al médico, nunca le preguntaba cómo se sentía y, «para no molestarla», había empezado a dormir en la biblioteca. Y fueron apareciendo más cosas. Pese a la estrechez económica, un día él llegó a casa con una gran sorpresa: ¡había comprado un automóvil de carreras para competir profesionalmente! Ella le hizo ver que no podían pagarlo, y lo convenció de que lo devolviera. En otra ocasión se gastó el sueldo en una enciclopedia de cien tomos que no cabía en el apartamento. Cuando nació el niño, el hombre siguió impávido y lejano, pero comenzó a ser agresivo con ella. Un día la golpeó con una silla y le rompió la clavícula. Esto hizo que la familia de Carmen interviniera y se la llevara, pero al ver que iba a perderla, él lloró, pidió perdón y juró que acudiría a un grupo de ayuda terapéutica, cosa que nunca hizo. Dos meses después del incidente, lo echaron de la universidad porque descubrieron que tenía un romance con una estudiante, a la que no volvió a ver porque Carmen lo amenazó nuevamente con separarse. Por esa época empezaron a intimidarlo por teléfono debido a unas deudas que había adquirido con unos apostadores de caballos. Ella salió en su defensa y pagó todo con sus ahorros y dinero prestado. A lo anterior hay que sumarle siete accidentes automovilísticos menores y un atraso de tres meses en el pago del alquiler del apartamento, que los tenía al borde del desalojo. En fin, la lista de los comportamientos ilegales e irresponsables de Antonio era considerable.
Además de este panorama truculento y agotador para cualquiera, Carmen tenía que lidiar con los gustos sexuales de Antonio, que no eran nada convencionales. Siempre quería experimentar cosas nuevas y llegaba con propuestas alocadas de todo tipo, a las cuales ella accedía porque eran los únicos momentos en que lo veía relajado y le daba algunas muestras de cariño. Carmen resumió su problema de pareja de la siguiente manera: «No es que él no me quiera por ser yo como soy... Ya me he dado cuenta, el problema es que no sabe querer... Nunca le enseñaron a respetar a los demás, no comprende ni entiende el dolor ajeno... No es un buen padre ni un buen esposo, lo único que desea en la vida es pasarlo bien y no aburrirse... Desde aquella vez que amenacé con denunciarlo, no me ha vuelto a pegar, pero cuando se pone furioso me insulta y ha llegado a empujarme... Quiero separarme de él, pero le tengo miedo... Últimamente me ha dicho que si lo dejo, me mata y se mata, y yo creo que es capaz... Tengo la esperanza de que con algún tipo de ayuda, él cambie...».
Tanto en la vida como en el amor, a veces la esperanza es lo primero que hay que perder. Esperar que Antonio sufriera una transformación radical era tan probable como que alguien ganara la lotería tres veces seguidas. De todas maneras, la suerte favoreció a Carmen. El hombre, de tanto picar aquí y allá, encontró un repuesto y se fue con otra mujer. Después de cuatro
años de sufrimiento, Carmen finalmente quedaba libre y con la secuela típica que acompaña estos casos: «No quiero saber nada más del amor». Una «amorofobia» que debe interpretarse como una respuesta natural del organismo para sanarse y olvidar lo malo.
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