Amores peligrosos

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Mujer, belleza y salud

Ambivalencia interpersonal: Tu proximidad afectiva me aprisiona, tu lejanía me genera inseguridad

Cuentan que un burro tenía mucha hambre, pues hacía varios días que no ingería alimentos. Alguien, afligido por el sufrimiento del pobre animal, le llevó un apetitoso fardo de heno y otro de alfalfa, igualmente tentador. Colocó uno a cada lado del animal y se retiró para que el burro se diera el gran festín. Al cabo de un tiempo volvió con dos nuevos fardos y se encontró con una verdadera sorpresa: el heno y la alfalfa estaban intactos y el burro yacía sin vida entre ambos. ¡Había muerto de hambre! No fue capaz de escoger. Este relato, conocido como La paradoja del burro de Ballam, muestra claramente una de las respuestas más comunes frente a dilemas importantes: la inmovilización.
Las personas pasivo-agresivas se debaten en una ambivalencia interpersonal angustiante: necesitan tener una figura de autoridad-protección (la pareja), ya que se ven a sí mismos como débiles y faltos de soporte, pero al mismo tiempo necesitan sentirse libres e independientes de cualquier tipo de «control» (la pareja). El amor se convierte para ellos en un problema de doble vía: si me das afecto, malo («me asfixia»), y si no me lo das, también («no soporto la soledad»). Ni contigo ni sin ti. Para colmo, el juego de acercarse y alejarse de la pareja de manera intermitente depende de su estado de ánimo. ¿Cómo amar a alguien así y mantener la cordura?
Si eres de los que te mueves al compás de tu pareja pasivo-agresiva, tratando de satisfacerla, no te hagas ilusiones: no podrás seguirle el ritmo. Una paciente liberada de ese yugo decía: «De tanto intentar complacerlo y no poder satisfacerlo, hubo un tiempo en que creía que la que tenía el problema era yo... —Decía una y otra vez—: ¿Qué hago mal? ¿Por qué no soy capaz de satisfacer a este hombre...?». Y después entendí que nadie podía darle la medida, absolutamente nadie... Se necesitaría alguien con doble personalidad y yo a duras penas tengo una...». Todos merecemos tener una pareja que, sin ser un dechado de virtudes, tenga claro si nos quiere o no, y establezca un balance entre los compromisos y la autonomía.

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